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lunes, 2 de abril de 2018

El Amado

Matta el Meskin


“Él nos predestinó a ser sus hijos adoptivos por medio de Jesucristo, conforme al beneplácito de su voluntad, para alabanza de la gloria de su gracia, que nos dio en su Hijo amado” (Ef 1,5-6)

“Este es mi Hijo, el amado: en él he puesto mi complacencia” (Mt 3,17)


El objetivo de este título “el Amado”, es el de estimular nuestros corazones, impulsándolos a concentrarse sobre un atributo de Cristo que es propio de su misma naturaleza. Si Cristo es “el” predilecto del Padre, como él dice claramente (“El Padre ama al Hijo”- Juan 3, 35; 5,20), entonces este amor es una realidad trascendente, de dimensiones infinitas en el corazón del Padre. Al mismo tiempo, para el Hijo ésta es una realidad que lo engloba, no dejando nada fuera del corazón del Padre. Es Jesús mismo el que lo revela misteriosamente, cuando dice: “Yo estoy en el Padre” (Jn 14,10). Aquí “yo” es el ser total  y perfecto de Cristo, el Hijo que colma el corazón del Padre. Pero justamente como el Padre ama al Hijo, así el Hijo ama al Padre, del mismo amor existencial que ha colmado su corazón.

Así Cristo, consciente de su realidad interior, se ha apresurado a agregar: “Y el Padre está en mí” (Juan 14,10). De este modo, el amor del Padre y del Hijo es una realidad ontológica, que se traduce en una potencia de total atracción recíproca. El Hijo no se puede encontrar fuera del Padre, ni el Padre fuera del Hijo. Cristo, consciente de este amor existencial y total que colma su ser, puede decir: “Yo y el Padre somos una sola cosa” (Juan 10, 30).

¡Cómo es maravilloso e inefable este misterio de amor, que es el misterio de Dios y de su esencia trascendente! ¿Quién podrá jamás decir que el Padre y el Hijo son dos? ¡Ellos no lo son, absolutamente! Son al contrario un solo ser, una sola esencia y una sola existencia, Padre e Hijo, Padre amante e Hijo amado. Esta es la esencia de Dios, que posee la plenitud de la perfección y de la riqueza interior, permaneciendo necesariamente e inevitablemente una.

He aquí por qué se dice que la divinidad no es divisible, que no puede crecer o disminuir y que en él no hay primero y segundo, más grande y menos grande, precedente y sucesivo. Al mismo tiempo, no es una unidad numérica, ya que el número expresa un modo de existencia físico, pero la unidad de Dios expresa una presencia total, personificada por un Ser único, que incluye paternidad e filiación. Este Ser es el Ser completo, que posee la totalidad de la verdadera presencia y abraza todo lo que existe en verdad. Desde él provienen la paternidad y la filiación, incomparablemente unidas en la intimidad del amor, para hacer existir, por amor, al mundo y todo lo que contiene.

Esto quería decir san Juan con estas palabras: “Dios ha amado tanto al mundo que entregó a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no muera, sino que tenga la Vida eterna” (Jn 3,16). Porque Dios ha creado al mundo a través del amor y lo ha redimido mediante el amor. El amor ha vencido a la muerte, como la luz dispersa las tinieblas sin combatir. Así hemos visto al Amor, o al Amado, suscitar de la muerte una vida eterna en el cielo.

Por amor, Dios ha creado al mundo: “En él (“el Hijo de su amor”, Col 1,13) fueron creadas todas las cosas en los cielos y sobre la tierra, las visibles y las invisibles: Tronos, Dominaciones, Principados y Potestades. Todas las cosas han sido creadas por medio de él y en vistas a él” (Col 1,16). Esto muestra como el amor de la nada da vida a la existencia.

Y por amor, Dios ha redimido al mundo a través de la muerte de su Hijo: “Dios ha amado tanto al mundo que entregó a su Hijo unigénito, para que todo el que crea en él no muera, sino que tenga la Vida eterna” (Jn 3,16). Esto muestra como el amor crea la vida de la muerte.

Así nos hemos convertido en las creaturas del Amado. En él el Padre nos ha creado y en él nos ha redimido. A través de este amor creador y redentor, nos hemos unido al Amado y al Padre con los lazos de la existencia y de la vida. En este sentido Cristo ha dicho: “Quien me ama será amado por mi Padre y yo también lo amaré y me manifestaré a él” (Jn 14, 21). Por tanto, Cristo se nos revela a nosotros en el amor.


“Quien me ama”.

Hay un amor que existe en la mente y del cual se habla con facilidad, de manera que cualquiera puede decir que ama a Cristo. Pero hay un amor que existe en el corazón, para hacer un trono de luz donde se siente Cristo. De este amor nadie puede hablar, pero éste inunda en tal punto con su luz que no se puede negar su presencia. Si el Amado habita en el corazón, el corazón no puede contener más que a él, porque es eternamente “la plenitud de aquel que es el perfecto cumplimiento de todas las cosas” (Ef 1,23) y “de su plenitud todos hemos recibido: gracia sobre gracia” (Juan 1,16).

Como el Hijo colma el corazón del Padre y como el Padre ve y ama solo al Hijo –nosotros en efecto somos amados por el Padre en el Hijo- así es también en nuestro caso: quien ama verdaderamente a Cristo, Cristo colma su corazón y este ser humano no puede amar más nada en verdad, si no en Cristo.


“Que Cristo habite por medio de la fe en vuestros corazones” (Ef 3,17)

He aquí la fuente del amor divino que ha brotado para nosotros como el más grande de los dones de Dios. Presta mucha atención, querido lector: el Amado, con toda la plenitud del amor del Padre y de su mismo amor, se ha abajado él mismo y ha consentido, por obediencia al amor del Padre, habitar en nuestros corazones por medio de la fe. Si nosotros creemos que Cristo es el único Amado del Padre y si estamos seguros de su presencia, él será capaz de trasladar su propia presencia a nuestros corazones y de hacer real y concreto en nosotros su título de “Amado”. Ya que la inhabitación de Cristo en nosotros está condicionada a nuestra fe en su presencia y su amor en nosotros está condicionado por nuestra fe en el amor del Padre en él.

Escuchad lo que dice misteriosamente: “Si uno me ama […] Mi Padre lo amará y nosotros vendremos a él y haremos una morada en él” (Jn 14,23). Es un misterio escondido. Cuando lo amamos, nos abrimos a su amor y su amor de modo irresistible se difunde en nosotros sin medida. No debemos olvidar que “Dios es amor”. Así ¿quién puede conocer a Dios si no quien es capaz de amarlo (cf. 1 Jn 4,8)? Y, ¿Quién puede abrazar al Amado u obligarlo a venir a su corazón si no quien, gracias al amor, se abre a la naturaleza de Dios? Cristo es la plenitud del amor. Penetra solo en un corazón que se le dona completamente. Debemos siempre estar atentos al significado profundo de su título de “Amado”. En este título el Padre es expresado de modo implícito, porque Cristo es el “Amado del Padre” y por tanto es imposible que Cristo llegue sólo al corazón de aquel que lo ama. “Si uno me ama […] Mi Padre lo amará y nosotros iremos a él y haremos morada en él” (Jn 14,23).

¡Oh abismo y nobleza del amor! ¡El Padre trascendente, al cual es debida toda gloria, todo honor y alabanza eterna, puede ser recibido en nuestro corazón a través de su amado! Este es el misterio de su Hijo dilecto y su grandeza inefable. Este título contiene la trascendencia del Padre, el Hijo es “el Amado del Padre”. ¡Oh puerta abierta sobre la “plenitud de Dios”! Tal es el título de “Amado”. Si nosotros vamos a Él con amor, él nos viene al encuentro con el Padre y con todo el amor del Padre. De este modo la divinidad se hace cercana a la humanidad, hasta visitarla y hacerla verdaderamente su morada: “Nosotros vendremos a él y haremos morada en él” (Jn 14, 23). No debemos tomar a la ligera la venida en nosotros del Hijo amado con el Padre, porque significa que hemos alcanzado la profundidad de su amor que nos ha sido revelada en la muerte del Hijo. ¡Él es el amor crucificado! Y Cristo era sincero cuando decía: “Quien no tome su cruz y no me siga no es digno de mí” (Mt 10,38). Así el acceso a Cristo y al Padre pasa a través del amor sobre una cruz. Para ser encontrados dignos de Cristo y del Padre, debemos considerar las personas divinas en la luz del amor y de la cruz.

Si el Amado entra en el corazón establece allí una morada para sí y para el Padre. No es más un corazón humano, sino un templo en el cual Dios habita. Oh Hijo de Dios, ¿qué debo esperar? Vienes y el fuego de tu amor me consume. ¿Para qué sirve mi vida? La tuya es suficiente. ¿Cuál es mi vida? Tu vida absorbe mi muerte y así “no vivo más yo, sino Cristo vive en mí” (Gal 2,20). Pablo, tú has llegado hasta la muerte para conquistar la vida de Cristo en ti y la has conquistado tanto en la vida como en la muerte.

¿Habéis sentido hablar de una madre que ama a su hijo y que arriesga su vida por amor a él? ¡Esta madre ha acogido al Amado con el corazón del Padre y su amor! ¿Habéis sentido hablar de un joven esposo que ama a tal punto a su esposa, tanto que se olvida de beber y comer hasta rozar la muerte? Sabed que su amor le viene del Amado y que el amor le ha invadido a tal punto que él la prefiere a su vida. Hombres y mujeres que custodiáis la virginidad: sabed que vivís esto por el deseo arrollador del Amado de encontrar una casa en vuestro corazón, un lugar donde pueda ejercitar las formas divinas del amor, para responder al amor del Padre por él y ofrecer a la Iglesia algunas lámparas para iluminar esta noche oscura que dura por tanto tiempo. Maridos y mujeres, revestíos con un espíritu nuevo, porque el tesoro del amor divino en vuestros corazones no puede ser alterado por vuestro matrimonio o por el amor que tenéis por vuestros hijos e hijas. El matrimonio no puede extinguir el fuego ardiente del Amado, sino más bien lo inflama aún más, porque tenéis la experiencia del amor unificante. Así, levantadlo en alto, por encima de las preocupaciones de la vida  y se volverá más noble a los ojos del Amado: “Vosotros, maridos, amad a vuestras esposas, así como también Cristo ha amado a la Iglesia y se ha dado a sí mismo por ella” (Ef 5,25).

Mirad como san Pablo eleva el honor y la gloria del amor de un hombre por su mujer poniéndolo en paralelo con el amor de Cristo por la Iglesia. No hay nada de extraño en esto y es un misterio maravilloso. Cristo ha amado a la Iglesia porque es su cuerpo, es  decir el conjunto de aquellos que creen en él y que él ama, para atraerlos al Padre, para hacerlos perfectos en el amor y presentarlos como un sacrificio ante el trono de la gracia. De este modo, la mujer ocupa un lugar de primer plano en la mente y en el corazón de Cristo porque es ella la que ofrece a Cristo y a Dios Padre a los hijos por el Reino, sacrificios vivientes que enriquecen a la Iglesia y la ayudan a realizar su vocación. Por tanto, no es extraño que la relación de la mujer con el hombre sea semejante a la de la Iglesia con Cristo. Es así que Cristo ha dado un nuevo valor al matrimonio y lo ha hecho sagrado como la obra de la Iglesia por el Padre. Pablo dice también: “De modo análogo, los maridos tienen el deber de amar a sus mujeres como al propio cuerpo: quien ama a la propia mujer, se ama a sí mismo […] como también Cristo hace con la Iglesia” (Ef 5, 28-29).

Que la mujer, en la presencia de Cristo y del Espíritu Santo, sea para el marido como el propio cuerpo y como su alma, es el efecto del sacramento del matrimonio. Ante Cristo y el Espíritu Santo, los dos, marido y mujer, con su amor recíproco y santo se han vuelto un solo cuerpo y una sola alma. El cuerpo de la mujer se ha vuelto para el marido como su cuerpo. Él le cuida, le ama y le da gran importancia, como al suyo. El alma de la mujer y el alma del esposo se vuelven uno en el amor.

Es verdaderamente maravilloso ver a san Pablo completar su visión mística del valor del matrimonio a los ojos de Dios, usando términos de amor, honor, estima, dignos de Cristo y de la Iglesia. Podemos considerar esto en dos modos:

El primero es el “misterio de la unidad” entre el marido y la mujer, basado sobre su amor recíproco y santo. El marido ama a la mujer en Cristo como al propio cuerpo y a la propia alma y la mujer del mismo modo. A través de este amor recíproco, se realiza en ellos el misterio de la unidad. A causa de esto, el matrimonio es visto como semejante a la unión de Cristo con la Iglesia, vale decir con todos los fieles: “Así nosotros, incluso siendo muchos, somos un solo cuerpo en Cristo y, cada uno por su parte, somos miembros los unos de los otros” (Rm 12, 5). Así el matrimonio es como un modelo viviente, una célula elemental de la unión de la Iglesia con Cristo.

El segundo aspecto es el de la procreación. En la Iglesia, gracias al bautismo, tiene lugar el nuevo nacimiento de niños y niñas. En  virtud de esta realidad, la Iglesia se vuelve como una madre que engendra hijos e hijas para Dios y para el Reino. Esto es exactamente lo que le sucede a la mujer, en el sacramento del matrimonio. Ella presenta a la Iglesia niños y niñas sobre los cuales la Iglesia, con el bautismo, pone el sello del Espíritu, para que se vuelvan hijos e hijas de Dios y tomen parte en la herencia del Reino eterno.

Así el misterio de la Iglesia y del matrimonio realizan juntos la misma obra, que en definitiva es la de Cristo. Si se considera atentamente el título de Cristo, “el Amado”, se descubre allí el poder y el espíritu del matrimonio como también el poder y el espíritu de la Iglesia. El Amado ha amado a la Iglesia y la ha elegido como prometida, como una virgen pura, para que le diera hijos e hijas para el Reino y para la gloria del Padre. Del mismo modo, el Amado entra en el misterio del matrimonio y une a los dos esposos con su amor, de modo que sean uno y tengan hijos e hijas en la fe, para la gloria de Cristo y del Padre.

El apóstol Pablo completa así su exhortación: “Como Cristo ha amado a la Iglesia y se ha dado a sí mismo por ella” (Ef 5,25). Aquí se habla de Cristo y de la Iglesia. ¿Pero en qué corresponde en el caso del esposo hacia su esposa? ¿Debería estar dispuesto a morir por ella? Nosotros afirmamos que la Iglesia ha vivido y continúa viviendo porque Cristo, el amado del Padre, se ha efectivamente ofrecido por ella. Con su amor le ha dado la vida a partir de su misma vida. Pero en el matrimonio, la situación es distinta, porque la disposición del marido a morir por la mujer no daría a esta última ninguna ventaja, ni podría darle vida. Aquello que produce realmente provecho a la mujer, como así también al esposo y a los hijos, para conseguir el objetivo sagrado del amor y del matrimonio, es que el conyugue realice con eficacia y con constancia la muerte a sí mismo por amor a su esposa y a sus hijos. Esta muerte a sí mismo se traduce con la constancia, la paciencia y la renuncia al deseo de todo lo que no conviene a un marido cristiano, cuya responsabilidad es la de guiar la nave de la familia a través de las insidias del océano de este mundo, hasta hacerla arribar a las riberas de Dios.

He aquí que las dos imágenes coinciden. La de Cristo, el Amado, que por amor a la Iglesia va al encuentro de la muerte, con el fin de redimirla y, con su vida, darle vida. Y la de la abnegación constante del marido para rescatar a su familia con su paciencia, su resistencia y su amor, a fin de que ésta pueda vivir en la paz de Dios y alcanzar la meta de su vocación. Esto no es posible si el Amado no colma el corazón del marido y de la mujer, porque el amor es una fuerza que se puede conferir donde se quiere. El amor del marido persiste, crece y alcanza lo imposible, si toma del Amado el poder con el cual él se ha ofrecido por la Iglesia y lo emplea para el bien de su mujer. Entonces, el amor del Amado en el corazón del marido lo conducirá a procurar a la esposa todo de lo que ella tiene necesidad, hasta los límites de lo imposible.

El sacramento del matrimonio está lleno de una fuerza y de un significado profundo que recibe de Cristo mismo y de su unión con el Padre: “Quien me ama será amado por mi Padre y también yo lo amaré” (Jn 14, 21). Si el matrimonio abraza el amor del Hijo dilecto, entonces el poder del Altísimo cubrirá a los esposos con su sombra y les hará partícipe del amor esencial del Padre. Se convertirán así en un testimonio de la auténtica presencia del amor divino en el matrimonio cristiano.


El cuerpo en el matrimonio

Lo que nos sorprende es el motivo dado por san Pablo cuando dice: “los maridos tienen el deber de amar a la mujer como al propio cuerpo: quien ama a la propia mujer se ama a sí mismo. Nadie en efecto jamás ha odiado su propia carne, sino que la alimenta y la cuida, como también Cristo hace con la Iglesia, ya que somos miembros de su cuerpo” (Ef 5,30).

Esto revaloriza el cuerpo en el matrimonio, para que ninguno lo desprecie. Si la Iglesia, esposa de Cristo, es al mismo tiempo su Cuerpo, también nosotros somos su cuerpo, en el misterio de la Iglesia. Ciertamente somos convertidos en miembros de su santo Cuerpo, tratados como su carne y huesos, ya que la plenitud de la divinidad habita en el cuerpo de Cristo y les da una expansión infinita. Por tanto, si un marido ha elegido como mujer a una de las hijas de Cristo, ésta es innegablemente uno de los miembros del Cuerpo de Cristo, considerada como su carne y sus huesos. ¿Cómo podría el marido no amarla? ¿Cómo podría no considerarla sagrada? ¿Cómo no la consideraría como su cuerpo y como su alma? A la luz de este misterio, nos damos también cuenta, de un modo nuevo, como los dos se vuelven “una sola carne” (cfr. Mt 19,6). Tal es la rica concepción del matrimonio, a la luz de la presencia del Amado en este misterio sagrado.

En definitiva, comprendemos que el misterio del matrimonio es justamente el misterio del amor divino dado por el Amado cuando viene a bendecir al hombre y la mujer que quieren volverse uno en el misterio de su amor. Pero, ¿por qué un hombre deja a su padre y a su madre para unirse a su mujer? Porque, gracias a Cristo, ésta se ha vuelto para él su nuevo cuerpo recibido del Señor, a imagen de la Iglesia para Cristo: “vosotros sois cuerpo de Cristo y, cada uno según la propia parte, sus miembros” (1 Cor 12,27).


La unión de Cristo con el alma humana, matrimonio espiritual o “adhesión al Señor”.

Como Cristo, el “Amado” está presente entre el marido y la mujer con el amor divino para que los dos sean un solo cuerpo para el bien de la Iglesia, del mismo modo es cuando el Amado toma morada en el alma humana, gracias al amor divino, a fin de que el ser humano se vuelva un solo espíritu con Cristo y en Cristo: “quien se une al Señor forma con él un solo espíritu” (1Cor 6,17).

El fundamento de la adhesión al Señor es el hecho de que el conjunto de los fieles es el templo de Dios: “¿No sabéis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, que está en vosotros? Lo habéis recibido de Dios y  no os pertenecéis a vosotros mismos. En efecto, habéis sido comprados a un alto precio: glorificad por tanto a Dios en vuestro cuerpo” (1 Cor 6, 19-20). Así quien elige no estar unido con una mujer, es decir no casarse, sino que ha elegido unirse al Señor y dar a las aspiraciones del espíritu la precedencia sobre las exigencias del cuerpo, en realidad ha elegido complacer a Dios antes que complacer a una esposa, según el consejo del Apóstol: “querría que estuvieseis sin preocupaciones: quien no está casado se preocupa de las cosas del Señor, de cómo puede complacer al Señor; Quien está casado en cambio se preocupa de las cosas del mundo, de cómo puede complacer a la mujer, ¡y se encuentra dividido! Así una mujer no casada, como la virgen, se preocupa de las cosas del Señor, para ser santa en el cuerpo y en el espíritu” (1 Cor 7,32-34). El apóstol Pablo considera del modo siguiente los respectivos valores del matrimonio y del celibato por Dios: “aquel que se casa con una mujer, hace bien; y el que no se casa, hace mejor.” (1 Cor 7,38). Aquí no se trata de mayor o menor santidad, o de mayor o menor pureza. ¡Ciertamente que no! A lo sumo es cuestión de santidad sin las preocupaciones del mundo o de santidad con tales preocupaciones.

De los que eligen dedicar sus vidas y sus cuerpos para unirse al Señor, Cristo ha dicho que esto no es dado a todos, sino sólo a quienes lo pueden recibir. Los discípulos habían hecho esta objeción al Señor: “Si esta es la situación del hombre respecto a la mujer, no conviene casarse”. Él responde: “No todos entienden esta palabra, sino sólo a los cuales ha sido concedido. En efecto, hay eunucos que han nacido así del seno de la madre, y hay otros que han sido hechos así por los hombres, y hay otros aún que se han hecho tales por el Reino de los cielos. Quien puede entender, que entienda” (Mt 19, 10-12). En el pensamiento del Señor, “puede aceptar” significa recibir la capacidad de dominar las exigencias de la sexualidad.

Así Cristo presenta “la adhesión al Señor” como algo que no es para todos, sino más bien para aquellos que tienen el deseo y la eligen, como dice claramente san Pablo: “Quien está firmemente decidido en su corazón- incluso no teniendo necesidad, sino siendo árbitro de la propia voluntad- quien, por tanto, ha deliberado en su corazón de conservar su virginidad, hace bien. En conclusión, aquel que se casa con una mujer, hace bien; y el que no se casa, hace mejor.” (1 Cor 7,37-38).

Según las palabras del Señor y las de san Pablo, las condiciones de la virginidad observada para adherirse al Señor, aparecen claramente como sigue:

1. Esto no es para todos, sino solo a los que les ha sido concedido y que pueden sostener esta vocación.

2. Casarse y unirse a una mujer es cosa buena, pero elegir “adherirse al Señor” es mejor.

3. Los que eligen la virginidad, es decir el celibato y la adhesión al Señor, deberán estar firmemente decididos en su corazón, al reparo de toda constricción (causadas por sus pasiones), libres en su elección y decididos en su interior.


El Señor atrae a sí a la humanidad entera, a los casados como a lo que no lo están. La unión de Cristo con el alma, el matrimonio celestial y espiritual.

“Yo rogaré al Padre y os dará otro Paráclito para que permanezca con vosotros para siempre […] No os dejaré huérfanos: vendré por vosotros. Dentro de poco el mundo no me verá más; vosotros en cambio me veréis, porque yo vivo y vosotros viviréis. En aquel día vosotros sabréis que yo estoy en mi Padre y vosotros en mí y yo en vosotros” (Jn 14, 16-20).

Cristo ha dicho esto a sus discípulos antes de su  crucifixión, como una realidad que se hará a ellos manifiesta después de la resurrección. “Aquel día”, en efecto, indica el día en el cual el Espíritu Santo descenderá sobre ellos directamente.

“Vosotros en mí y yo en vosotros” expresa un estado de unión perfecto y recíproco. Nosotros estamos en Él, es decir en su Hijo dilecto, y él en nosotros, por tanto no tenemos nada fuera del Amado.

“Y yo en vosotros” significa que el Amado con todo su amor habita en nosotros. Esto es, en efecto, el matrimonio espiritual, unión sin fin, misterio inefable de la acción del Amado en nosotros y manifestación suprema de su amor por nosotros.

Cuando dice “y yo en ti”, se podría pensar que él remueve nuestra existencia personal. Pero antes de esto él ha dicho de modo positivo que también nosotros seremos en él, con todo nuestro ser. En consecuencia, en el Amado nuestra existencia es confirmada y asegurada por la suya.

Y cuando antes él ha afirmado: “Yo estoy en mi Padre”, casi como introducción a las cláusulas de un contrato de matrimonio, ha indicado que la unión acontece en la presencia trascendente del Padre, porque Él es uno con Cristo. Es el fundamento de nuestra unión con el Amado y de su unión con nosotros, en el sentido que Cristo – el Amado- ratifica este sublime matrimonio espiritual con la presencia del Padre. Así, se trata de un matrimonio absolutamente santo, realizado bajo los ojos del Padre, con su consentimiento y su beneplácito.

Debes notar, querido lector, que Cristo habla a sus discípulos, en cuanto primera expresión de la Iglesia. Como sabemos, Pedro era uno de los discípulos y era casado; entre los otros discípulos, algunos eran casados y otros no lo eran. La unión a Cristo ante el Padre es un matrimonio espiritual inefable que comprende a todos los fieles, casados o no, sin discriminaciones.

Según nuestra opinión, esto indica la existencia de un estado de virginidad para la nueva humanidad, obtenido en virtud de su santificación por medio de la sangre de Cristo. Este estado de virginidad hace semejante a los que no están casados a aquellos que están casados y viven espiritualmente, por gracia del Espíritu, su unión física con el propio conyugue. Así, ante nosotros, tenemos claramente una virginidad física y una virginidad espiritual, el matrimonio físico y un matrimonio espiritual. Los que son vírgenes de corazón sin estar destinados al celibato, son llamados al matrimonio físico, en toda decencia. Y son también llamados al matrimonio espiritual, gracias a la unión con Cristo. En cuanto a los que son vírgenes de corazón y en el cuerpo, éstos renuncian al matrimonio físico, para dedicarse únicamente al matrimonio espiritual con Cristo.

La diferencia es explicada por San Pablo como sigue: “querría que estuvieseis sin preocupaciones: quien no está casado se preocupa de las cosas del Señor, de cómo puede complacer al Señor” (y solo a él). “Quien está casado en cambio se preocupa de las cosas del mundo, de  cómo puede complacer a la mujer”.

Queremos agregar, basándonos en el Evangelio y en la invitación general al Reino, que, también en el caso de los conyugues, el matrimonio viene en segundo lugar después de su vocación primera y fundamental que es la de la unión a Cristo. La pareja se interesa juntos en las cosas del Señor. Esto es un dato de hecho, indiscutible en la Biblia: la unión física entre un hombre y una mujer en el matrimonio y la unión espiritual con Dios no se presentan como una alternativa ineludible: o el matrimonio o la unión con Cristo; o el matrimonio o el Reino de Dios. Esta alternativa está fuera de discusión y contraria a todas las promesas de Dios respecto a la universalidad de la salvación y al ingreso del Reino y a la vida eterna. Pero lo que se agrega en el caso del matrimonio físico es el hecho de deber cargar “con las preocupaciones por las cosas del mundo” y nos gustaría agregar, el hecho de asumir recíprocamente la responsabilidad de la salvación del conyugue.

Cualquier persona, hombre o mujer, que custodia la virginidad, que se ha liberado de las preocupaciones del mundo y que ha renunciado al matrimonio, está necesariamente llamada a unirse a Cristo, a alcanzar la salvación, a buscar el Reino y a tender a la vida eterna. Todo esto al mismo título y siguiendo la misma vocación de las personas casadas que se han vuelto una sola carne y que soportan juntos las preocupaciones de este mundo. Estos se han casado con la consciencia de que su vocación cristiana es, en primer lugar, sobre todo y más allá de todo obstáculo, la adhesión a Cristo, cultivando el esfuerzo de mantener esta unión con él. Esto vale para ambos, el hombre como la mujer. Cada uno conduce su propia lucha, el propio camino espiritual y vivir juntos puede facilitar esta lucha y este camino. Marido  y mujer son llamados a la salvación y a la vida eterna por derecho divino y en virtud de una promesa divina, igual que aquellos que se han consagrado a la virginidad y renunciaron al matrimonio.

Todo esto esclarece cuanto afirma san Pablo: no hay diferencia entre los dos estados, si no “las preocupaciones por los afanes del mundo” que deben llevar los que se han casado y que es remplazada para los que practican la virginidad por las preocupaciones por la lucha contra el enemigo y por el control y la sumisión del cuerpo, en provecho del espíritu.

Aquel que mantiene la virginidad se distingue por la adquisición de altas experiencias espirituales para la gloria del Amado y el bien de la Iglesia, siempre que él logre verdaderamente dominar y someter su cuerpo y custodiar su espíritu concentrado en la voluntad de Cristo. Aquel que posee igualmente, como rasgo distintivo, la capacidad de discernir el misterio del Evangelio, así como las característica del camino de salvación y de la vida eterna hasta convertirse en un guía espiritual para muchas personas, en su vida terrena como también después en su muerte.

El hombre casado se distingue por dos cosas. La primera es tener a una hermana que custodia y de la cual de ocupa en el temor del Señor. Como se ofrece a sí mismo, así él la ofrece al Señor como una compañera perfecta, en la misma fe, por un mismo peregrinaje hacia la salvación y con la misma esperanza por el Reino de Dios. Juntos cumplen la voluntad de Dios en sus vidas. La segunda cosa es que ellos ofrecen a Dios a sus hijos e hijas que Dios ha querido darles, sean más o menos numerosos (y, si son numerosos, la recompensa será más grande). Los ofrecen a la Iglesia para enriquecerla en la fe y en el amor. La Iglesia es la Esposa de Cristo, su cuerpo. Así, con sus cuerpos, los esposos añaden un ornamento al cuerpo de Cristo que crece y se perpetúa de generación en generación.

Aquel que mantiene la virginidad y ha dedicado su vida al divino Amado ofrece a la Iglesia una vida santa, una ciencia divina, una luz celestial y un testimonio viviente. Lega a la Iglesia su nombre y su lucha espiritual, a fin de que la Iglesia pueda resplandecer en este mundo con más poder, gracia y luz. Él presenta un modelo viviente de Evangelio vivido, que es transmitido de generación en generación, a fin de que la luz de la Iglesia no se apague nunca.

Hombres y mujeres casados ofrecen sus cuerpos, o mejor su carne unificada por el amor, al cuerpo celeste del Amado, es decir a la Iglesia. Junto a sus cuerpos, ellos ofrecen a la Iglesia el fruto de su amor santificado, es decir a sus hijos e hijas, para hacerla crecer en número y vitalidad, en amor y actividad, como servicio y como luz para el mundo.

Al término de su discurso sobre este tema, Cristo ha dicho: “Quien puede entender, que entienda” (Mt 19,12). Cristo no discrimina entre el matrimonio y la virginidad, pero con discreción, sugiere ésta última a aquel que lo ama, porque se hace virgen, sobre el ejemplo del Amado.


Retomo el tema de la sublimidad del matrimonio espiritual y de la unión a Cristo, el Amado.

En su oración sacerdotal, que es el último testamento, el último deseo del Amado, Cristo insiste repetidamente sobre nuestra unión con él. Pocas horas antes de ser elevado sobre la cruz, la pide al Padre. El lector debe estar muy atento a la universalidad de esta oración: “no ruego solo por estos (los discípulos), sino también por aquellos que creerán en mí mediante su palabra: para que todos sean una sola cosa; como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, estén también ellos en nosotros […] Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectos en la unidad” (Juan 17, 20-21.23).

Cristo retorna con insistencia sobre el deseo que nuestra unión a él sea semejante a la unidad que él tiene con el Padre, la cual de esta primera desciende: “Como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, estén también ellos en nosotros”. Así el matrimonio espiritual es elevado al nivel de la unidad divina. Si recordamos lo que habíamos dicho anteriormente, esto es que la unidad del Padre y del Hijo está fundada sobre su amor recíproco (“el Padre ama al Hijo y el Hijo ama al Padre”), entonces entendemos que la unión de Cristo con nosotros y nuestra unión con él, en virtud del mismo principio, es una unión de amor recíproco. Un amor unificante. La unión del ser humano al Amado puede ser semejante y aproximarse a la unidad del Padre y del Hijo.


El recíproco amor del Amado y de los fieles, supremo testimonio de la autenticidad de la misión del Hijo en el mundo.

“Yo en ellos y tú en mí, para que sean perfectos en la unidad y el mundo conozca que tú me has enviado y que les has amado como me has amado” (Juan 17,23).

El amor recíproco entre nosotros y el Hijo predilecto testimonia que el Padre nos ha amado verdaderamente con el mismo amor con el cual ama a su Hijo dilecto.

“Para que sean una sola cosa como nosotros somos una sola cosa” (Juan 17,22). “Para que […] estén también ellos en nosotros” (Juan 17,21).

Este es el milagro de la condescendencia divina que permite al ser humano acceder al reino misterioso del amor divino del Padre y del Hijo, fundamento de la unidad divina entre el Padre y el Hijo.

¿Quién puede creerlo? ¿No es la maravilla de las maravillas de Dios, que él pueda abajarse a tal punto y que nosotros podamos penetrar en el reino de amor del Padre, en el mismo amor con el cual ama a su Hijo o, al menos en un amor que se le asemeje? “Como me has amado […]” “Como nosotros somos una sola cosa”.

Éste es verdaderamente el misterio del Amado, del Hijo que abraza todo el amor del Padre. Cuando se ha abajado hasta tomar la condición de siervo y la forma humana en el cuerpo de una Virgen, él ha venido a nuestro mundo, cargando en sí mismo todo el amor del Padre. Con su muerte y su resurrección ha elevado a la humanidad a su nivel, de modo que pudiese gozar en él y con él de las riquezas y de la heredad del Amado.

La humanidad es de tal modo redimida, participando con él del mismo amor del Padre. Poco antes de la crucifixión, Cristo ha revelado su misterio más grande, el de su gran gloria que nos ha dado de compartir: “Y la gloria que tú me has dado, yo la he dado a ellos, para que sean una sola cosa como nosotros somos una sola cosa” (Juan 17,22).

Esta palabra nos promete la efusión en todos nosotros del amor del Padre, a través del tiempo y hasta la eternidad. Esta es la promesa del Amado que el cielo ha registrado para que pueda resonar por la eternidad y ser cumplida ante nuestros ojos y en nuestros corazones, día tras día, “hasta que él vuelva” (cf. 1 Cor 11, 26). Sí, seguramente volverá y cumplirá su promesa de modo manifiesto, y “nosotros veremos con nuestros ojos la gloria del cordero”. Él mismo es garante de su promesa y vela sobre su palabra para cumplirla (cf. Jer 1,12).

“Y yo he hecho conocer a ellos tu nombre y se los haré conocer, para que el amor con el cual me has amado esté en ellos y yo en ellos” (Juan 17,26). ¡Si, ven pronto, Amado, porque nuestras fuentes se están secando!

Despierta, querido lector. Esto no es un sueño, sino una visión de la verdad y una promesa cierta, registrada para nosotros por el Amado y ratificada por la presencia del Padre. Ahora estamos viviendo el período de nuestro noviazgo y nos preparamos cada día –gracias a la obra del Espíritu Santo que se puede percibir en el latido de nuestro corazón- para ver el cumplimiento de la promesa del Amado y la participación en su realización.

Escucha lo que el Espíritu dice: “Agradeced con alegría al Padre que os ha hecho capaces de participar en la herencia de los santos en la luz. Él es el que nos ha liberado de los poderes de las tinieblas y nos ha hecho entrar en el reino de su Hijo muy querido” (Col 1,12-13). “Os he prometido a un único esposo, para presentaros a Cristo como una virgen casta” (2 Cor 11,2).

Querido lector, es claro que ahora descubrimos la verdad de todas estas preciosas y benditas promesas, que el Hijo amado ha sellado con su sangre. Las descubrimos en el amor de Cristo que podemos gustar cada día en la oración, en la alabanza de un corazón colmado de alegría, en la castidad y en la pureza, en las aspiraciones inflamadas del Espíritu, cuando nos acercamos al santo altar para recibir el carbón ardiente de la divinidad. Lo descubrimos aún más en el fuego del amor que inflama nuestros corazones por el Amado y por los otros, todos los otros. Todo se desvanecerá y desaparecerá, excepto el amor que, al final, nos llevará consigo sobre las alas del Espíritu para hacernos reposar en la presencia del Amado y del Padre.

El apóstol Pablo, lleno de experiencia en el conocimiento de los misterios del Amado, nos ha dado la clave del tesoro, a fin de que podamos alcanzar nuestro objetivo: “radicados y fundados en la caridad, seáis capaces de comprender con todos los santos […] y de conocer el amor de Cristo [del Amado] que supera todo conocimiento, para que seáis colmados de toda la plenitud de Dios” (Ef 3, 17-19). Esta expresión es equivalente en todo a la de la oración del Amado en el Evangelio de Juan: “Para que el amor con el cual me has amado esté en ellos y yo en ellos”. 

Además, tanto en la oración sacerdotal del Evangelio de Juan como en la explicación dada por san Pablo en lo más alto y más verdadero que ha escrito en su Carta a los Efesios, encontramos que todo está centrado sobre el amor que el Amado ha venido a hacer resplandecer sobre nuestro mundo y del cual él mismo garantiza el cumplimiento, según su promesa.

Alguien podría decir: “¿Cuáles son estas extrañas maravillas de las cuales hablas, querido autor?” Yo respondo. Dice el Espíritu: “No hemos recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu de Dios para conocer lo que Dios nos ha dado” (1 Cor 2,12).

Por tanto, querido lector, se dice que estas verdades con muy elevadas y están más allá de nosotros, el Espíritu responde: “Aquellas cosas que el ojo no vio, ni oyeron los oídos, ni jamás entraron en corazón de hombre, Dios las ha preparado para aquellos que lo aman. Y a nosotros Dios las ha revelado por medio del Espíritu” (1 Cor 2,9-10).

De otro modo, ¿por qué la Escritura habría dicho que: “el amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos ha sido dado” (Rm 5,5)? ¿Por qué el amor de Dios se habría derramado en nuestros corazones, si no para ponernos en comunión con Cristo y con su Padre?

“Y nuestra comunión es con el Padre y con su Hijo, Jesucristo. Estas cosas os escribimos para que nuestra alegría sea plena” (1 Juan 1,3-4). ¿No hemos pues dicho, querido lector, que estamos llamados a la comunión nupcial con Cristo, aprobada por el Padre y realizada por el Espíritu Santo? ¿Cómo podemos encontrar una “alegría plena”, si no gracias a la unión nupcial entre el alma y el Amado, con la aprobación del Padre y su beneplácito?

No podemos concluir estas reflexiones sobre el Amado, sin retomar lo que dice san Pablo: “radicados y fundados en la caridad, seáis capaces de comprender con todos los santos cuál es la amplitud, la longitud, la altura y la profundidad, y de conocer el amor de Cristo que supera todo conocimiento, para que seáis colmados de toda la plenitud de Dios” (Ef 3, 17-19). Así se cumple el misterio del Amado: su amor es la puerta abierta a “toda la plenitud de Dios”.

Querido autor, estamos de acuerdo con lo que has escrito, pero ¿por dónde comenzar? ¿Cuál es el camino?

Es un latido del corazón, que quien ama conoce bien, el que anuncia la venida del Amado. Comienza entonces el camino sin fin que conduce a Dios.


Matta el Meskin


Vittorio Ianari.
I cristiani d’ Egitto nella vita e negli scritti di Matta el Meskin
Ed. Morcelliana. Brescia 2013.
Pp. 181-205




viernes, 30 de marzo de 2018

Nuestra necesidad de Cristo


Matta el Meskin


En los primeros años de mi vida cristiana, tuve una experiencia que con mucha fuerza atrajo mi atención. Es esta: cada vez que me siento necesitado en mis relaciones con las personas, con la Iglesia o con los monjes, estoy tan ansioso y derrotado que mi energía, mi acción y mi influencia sobre los otros están privados de toda eficacia.

Pero apenas me acerco a la persona de Jesús, mi Señor, y siento su presencia, como si volviese después de una ausencia de la cual yo soy siempre la causa, mi corazón se llena de alegría y mi espíritu se despierta. Cualquier sensación de poquedad se aleja de mí y Cristo se eleva en el horizonte de toda mi vida. Entonces lo veo, mucho más de cuanto viera las carencias, y advierto su plenitud que colma mi vida, arrastrándola en la corriente de su amor que supera mi mente.

Sucede lo mismo cada vez que estoy profundamente turbado por muchos pensamientos acerca de los modos de Dios y de su providencia para con las personas o para la humanidad en general. Mi mente es dolorosamente oprimida. Porque he deseado siempre ver la superioridad de Dios en todos los ámbitos: el de la misericordia  y el de su justicia, el de la corrección que impone y el de su tierna paternidad, el de su soberanía y el de la justa retribución que concede. Entonces estoy como desgarrado, atormentado por sentimientos contrastantes que no me dan paz, ni reposo. Pero apenas lo percibo cerca de mí, mi alma se calma inmediatamente, todas las preguntas desaparecen, todas las preocupaciones se alejan y Cristo aparece, superando todo criterio de nuestros racionamientos relativos a la misericordia, a la justicia, a la paternidad, a la soberanía. A menudo en estos momentos Cristo nos revela el misterio de su voluntad.

A través de esta doble experiencia, me he convencido de que Cristo es la única exigencia de nuestra vida. Cuanto más nos alejamos de él, tanto más sentimos necesidad de muchas cosas en este mundo y somos turbados por los acontecimientos de esta vida, aunque se trate de cuestiones personales o de casos más generales.

¿Por qué la persona de Cristo aparece pues como la plenitud de todas las cosas? La única consideración que responde a miles de cuestiones, o más bien que las anulas a todas, es la siguiente: debemos darnos cuenta que la naturaleza humana pertenece a dos mundos contradictorios, el mundo material y el espiritual. Esta dualidad parece ser parte de la riqueza de la naturaleza humana, pero el precio de todo esto es considerable.

En el ser humano el ideal que es propio al mundo espiritual se opone a una realidad material y degenerada que puede conducirnos al colmo de la decadencia y de la degradación. Un hombre puede matar al hermano por un pedazo de pan o vender su herencia celestial por un plato de lentejas (cf. Gen 25,33). La historia de la civilización, de la filosofía y de la ciencia demuestra que no hay esperanza de crear una reconciliación natural entre los ideales del espíritu y la realidad de la carne. Esta es la causa de la tensión y del desgarro en lo íntimo del ser humano. La reconciliación no puede ser realizada con la intervención de la sabiduría, ni con el desarrollo de las cualidades naturales y tampoco practicando los mandamientos de Dios o temiendo el castigo. Cuando el instinto se desencadena, termina por rebelarse contra todos los valores espirituales y una ceguera moral domina momentáneamente al hombre, impulsándolo a cometer los peores delitos, incluso contra su misma persona.

Aquí Cristo aparece en la plenitud de su humanidad y de su divinidad, como el maravilloso misterio que reconcilia con el ideal espiritual, o mejor, con Dios mismo, la realidad del hombre, todos sus instintos, sus pasiones, sus reacciones al mundo, sus exigencias y sus debilidades. Esta reconciliación es completa y definitiva por la eternidad, profundamente enraizada en el ser mismo del hombre porque todo lo que pertenece a Cristo se ha vuelto la esencia de la humanidad.

Cristo se vuelve así, al mismo tiempo, el maravilloso misterio del hombre y el maravilloso misterio de Dios. Del hombre, porque le ha hecho partícipe de la naturaleza divina. De Dios, porque, en Él, Dios ha penetrado la profundidad del hombre. Para entrar en la luz de este misterio debemos darnos cuenta que esta reconciliación no se basa sobre una teoría, por bien desarrollada que sea, y tampoco sobre la mera observancia de los mandamientos. La reconciliación realizada por Cristo es una reconciliación personal, cumplida por Cristo en su misma persona, por su poder y no por el nuestro. Y su resultado supera la comprensión del hombre. Basta darnos cuenta que desde el momento en el cual esta reconciliación se ha cumplido, con la encarnación y la crucifixión de Cristo, desde entonces abraza toda la humanidad en la persona de Jesús, el cual la hace presente delante de Dios Padre.

El hombre ha sido reconciliado consigo mismo, porque Dios se ha reconciliado con el cuerpo de nuestra humanidad que pertenece a Cristo, el cual lo ha recibido de nosotros, hombres. Es por eso que decimos con confianza y brevedad que hemos sido reconciliados con Dios en Cristo. Se trata de una reconciliación extremadamente personal, una mediación única en su género entre Dios y el hombre, emprendida por un único mediador, Cristo. Esta reconciliación ha dado vida a una nueva fuerza que ha invadido la tierra, o mejor que ha invadido el cielo.

La forma más débil y más pobre de nuestra vida cristiana es nuestro vano intento de aplicar en nuestros problemas cotidianos los mandamientos de Cristo sin Cristo mismo. Al contrario, su forma más potente es la inserción de la persona misma de Cristo en nuestra vida. Entonces todos nuestros problemas desaparecen y nos elevamos al nivel de los mandamientos de Cristo, sin ningún mérito de nuestra parte.

Cuando el cristiano afronta los mandamientos de Cristo y se descubre, aunque los ame, incapaz de realizarlos, siente amargura y tormento interior. Esto deriva del hecho de que él busca cumplir los mandamientos de Cristo sin la ayuda de Cristo. Pero esto es imposible. Cristo nos ha dado estos mandamientos a fin de que nosotros pudiésemos, a través de él, sentir su presencia en nosotros: “Poneos a prueba. ¿No reconocéis acaso que Cristo habita en vosotros? A menos que la prueba no sea contra vosotros.” (2 Cor 13,5)

El Señor dijo también: “quien acoge mis mandamientos y los observa, éste es aquel que me ama” (Jn 14, 21), en el sentido que quien lo ama es uno que puede cumplir estos mandamientos. Primero la persona de Cristo y sólo después todo lo que es de Cristo.

Es pedido al discípulo el testimoniar en todo momento su cristianismo, ante los cristianos y los no cristianos. Este requisito permanente lo coloca en una tensión constante porque está obligado a elevarse hacia la verdad para poderla ver y revelar. Y también la fe exige obrar en conformidad con ésta, antes de afirmarla. De otra manera sería una vergüenza para sí mismo y un deshonor también para Cristo.

Pero, ¿quién puede revelar a Cristo que es inaccesible en su grandeza? Ya que él es el culmen de todo lo que existe en el cielo y en la tierra. Él recapitula todo en su persona. Además, es imagen visible del Dios invisible. ¿Quién podría pues revelarlo o interpretarlo? ¿El espíritu del hombre, su elocuencia, su lógica? Nada alcanza a este objetivo.

Sólo Cristo es capaz de revelar a Cristo. Cada vez que lo siento cerca de mí, dejo caer todas mis armas, más bien ellas caen por sí solas. Sólo él puede decir la verdad y la fe que están en mí. Y él es el que habla por mí. Incluso sin hablar a través de mí, puede revelarse a través de caminos innumerables y en un misterio inexpresable. La persona de Cristo es una potencia infinita que se revela al hombre sin que él haga ningún esfuerzo. Es más, el esfuerzo del hombre es el mayor obstáculo para la revelación de Cristo. Así, nuestra más profunda necesidad es la de sentir que está viniendo a nosotros y acogerlo con todo nuestro ser para luego dejarlo hablar y obrar en nosotros.

La actitud crítica de los otros hacia nuestro cristianismo no es tanto respecto a la persona de Cristo, cuanto a la ausencia de Cristo en nuestra vida cristiana. Si Cristo con su divinidad estuviese presente en nuestra vida, ninguno se opondría a la divinidad de Cristo.

La gente tropieza frente a Cristo, porque en nuestra vida ponemos a Cristo en el mismo plano de nuestras otras necesidades: ganarse la vida, buscar el placer y la distracción, desear el conocimiento o la política. Y así, Cristo en nosotros aparece muy por debajo de su verdadera estatura. Si Cristo es Dios, en nuestra existencia debe ocupar el lugar más elevado y más grande respecto a toda otra cosa, incluso de nuestra misma vida. Nuestra necesidad más importante es que nuestra vida cristiana esté fundada sobre Cristo mismo y no sobre nuestros principios, nuestras ambiciones, nuestro orgullo, nuestra malicia o nuestro afán de vanagloria del mundo. Estas son todas dimensiones que escondemos detrás del nombre de Cristo.

La gente no odia en absoluto a Cristo. Él es amado y es verdaderamente el “Hijo del amor del Padre” (Col 1,13). Él es el amor mismo en toda su profundidad, vale decir, es a lo que tiende con pasión todo hombre. Pero la gente detesta nuestro comportamiento, nuestra conducta y las falsas cualidades que nos atribuimos hipócritamente en nombre de Cristo. La diferencia entre nuestra vida cristiana y Cristo se ha vuelto evidente más que nunca. Nuestras acciones y nuestras palabras proceden de nuestro cristianismo, pero no de Cristo. No exhalamos el perfume de Cristo (cf. 2 Cor 2,15). Por lo tanto, no nos sorprendamos si nuestro cristianismo no es amado por el mundo.

Nuestra mayor necesidad es la de recurrir, una vez más, a la persona de Cristo para que se manifieste en nuestra vida. Solo entonces se verificará un despertar sincero en el cual nuestras falsas acciones serán sacadas fuera para hacer espacio a las verdaderas obras de Cristo, aquellas que lo testimonian, sin la injerencia de nuestra habilidad caduca. Los hombres quieren ir a Cristo y no buscan nuestras personas, siempre defectuosas. ¿Somos capaces de aceptar todo esto? El mayor obstáculo en nuestro camino hacia Cristo es que nos concentremos en nosotros mismos en lugar de unirnos a Cristo. He aquí entonces que en los momentos de peligro o de cansancio, no se transparente Cristo sino nuestras personas.

Lo que es más grave en este extravío es que nos consideramos buenos a nuestros ojos. Y así no advertimos la necesidad de liberarnos de nosotros mismos para unirnos a Cristo. Entonces el Cristo real permanece escondido a los ojos y a los oídos de la gente.

A veces, sabemos que somos personas mediocres, falsas, hipócritas, que viven en el error, predicando a Cristo mientras él está del todo ausente en nuestras vidas. Pero no somos capaces de cambiar este estado de cosas. Nos falta la determinación para correr el riesgo de morir para que Cristo nos pueda hacer revivir en él. Porque la vida en nuestro tiempo es muy confortable y agradable para quien busca la propia gloria, sobre todo si éste se reviste de una apariencia cristiana. El alma se reviste entonces de una gloria deslumbrante pero falsa, que puede ser desenmascarada solo por aquellos que poseen la verdadera luz de Cristo. ¿Cuándo tendremos finalmente fe en este versículo: “Nosotros no nos anunciamos a nosotros mismos, sino a Cristo. En cuanto a nosotros, somos vuestros servidores a causa de Cristo” (2 Cor 4,5)?

Un número considerable de predicadores se presentan a sí mismos, tan bien disimulados detrás de las enseñanzas de Cristo que los hombres se han escandalizado de Cristo, y la culpa y el estigma no han sido lanzados contra ellos, sino sobre la persona de Cristo que ellos habían desfigurado. Aquel que testimonia a Cristo debe necesariamente recibir de Cristo para poderlo dar a los otros. Esto es el espíritu y el significado del testimonio. Todo esto nos es dado por el Espíritu Santo que conoce lo que pertenece a Cristo y desea con pasión testimoniarlo en nosotros de modo eficaz. ¡Cuántas veces hemos contristado al Espíritu Santo y hemos obstaculizado su acción, utilizando el testimonio de Cristo para nuestra gloria y para nuestro interés! Tenemos una desesperada necesidad de ser liberados de nosotros mismos. ¿Estamos dispuestos a aceptar todo esto?

¿Quién puede leer la vida de Jesucristo sin sentir en lo profundo del corazón que Cristo es la imagen más bella y más clara de Dios? Si Dios es como Cristo, entonces Dios es verdaderamente un padre amoroso y compasivo, sin dejar de ser un Dios infinitamente poderoso: “Quien me ha visto ha visto al Padre” (Jn 14,8).

La humanidad permanecerá miserable hasta no encontrar a Dios: pero no descubrirá a Dios si no en Cristo. Él debería encontrar en nuestra vida la posibilidad de mostrar su eterno poder y divinidad, para que así la humanidad pueda llegar a creer que él es verdaderamente  el Hijo de Dios y logre alcanzar, a través de él, la salvación y la vida eterna. Entonces, en él, podrá realmente ver al Padre. Pero nosotros somos dignos de reproche porque somos obstáculo a la fe en Cristo, presentándonos a nosotros mismos en lugar del verdadero Cristo, haciendo que nuestra humanidad sea glorificada en detrimento de su divinidad.

La obra redentora de Cristo se resume en el cumplimiento de nuestra transformación en él, revestidos de sus cualidades, después que él haya colmado de sí a nuestras vidas y haya comenzado a reinar sobre nosotros, no por medio de la enseñanza o la educación, sino como san Pablo decía: “Que Cristo habite por medio de la fe en vuestros corazones” (Ef 3,17)

Si los hombres llevasen en ellos a Cristo y fuésemos revestidos de sus cualidades, la humanidad se superaría a sí misma y lograría atravesar todas sus impotencias, sus sufrimientos y la misma muerte, entrando en una fase gloriosa que no depende absolutamente de la heredad terrestre y mortal. Esta es la nueva creación del hombre y tal es el poder divino de Cristo, capaz de elevar al hombre más allá de sí mismo, de modo que él pueda superarse y entrar, gracias a la fuerza y a la eficacia de Cristo, en el campo del libre designio de Dios. El hombre entonces respondería libremente, conscientemente y con alegría a Dios y a todas sus llamadas. Esto es el futuro del Hombre Nuevo en Cristo, su nuevo nacimiento. Es por esto que Cristo ha sido justamente llamado el segundo Adán. 

¿Cómo podremos ser engendrados en Dios, sin Cristo? Esto es imposible. No olvidemos que Cristo ha fundado sobre la cruz su obra por la humanidad. Si bien la cruz en la vida de Cristo es en primer lugar un acto de redención, sin embargo él la ha entregado también como un modelo de vida y de conducta. Aquel que no vive o no piensa en términos de cruz, no alcanzará jamás la gloria que Cristo ha alcanzado con la cruz. Éste no entenderá el verdadero significado de la redención y no sabrá darle su verdadero valor. Pero si hacemos la experiencia de la cruz en nuestra vida y la gustamos con consciencia y alegría, entonces esta será para nosotros la iniciación mística en el conocimiento de Cristo y en el de su poder inefable hacia nosotros. En comunión con los sufrimientos de la cruz, nosotros entramos con Cristo en una alianza eterna, como herederos de todas las glorias y de todas las consolaciones del Padre celestial. ¡Cuán admirable es el misterio de Cristo, el misterio del hombre en Cristo!


Matta el Meskin


Vittorio Ianari.
I cristiani d’ Egitto nella vita e negli scritti di Matta el Meskin
Ed. Morcelliana. Brescia 2013.
Pp. 131-140






jueves, 29 de marzo de 2018

Kénosis de Dios, kénosis nuestra



Matta el Meskin


La encarnación de Dios es, de por sí, la forma más alta de ascesis ya que es la expresión de la forma más elevada y posible de la humildad. Ésta ha sido realizada por el Hijo de Dios en sí mismo mediante una kénosis voluntaria, un vaciamiento de toda gloria divina y el revestimiento de la imagen del siervo humilde, del servidor rechazado.

Por otra parte, como consecuencia directa de la kénosis, la unión perfecta de la voluntad humana y de la divina en la cual Cristo ha uniformado perfectamente la voluntad del hombre a la de Dios, es ésta misma una obra ascética desde el momento en que pone en evidencia la importancia de la obediencia. A través de ella, Cristo ha probado, de modo incontrovertible, en el plano de la historia, su ser Hijo del Padre. La ascesis consiste, en efecto, en una operación continua con la cual hace coincidir la voluntad humana con la divina. Esta definición circunscribe la obra ascética haciendo de toda actividad que no apunte a la conformación con la voluntad de Dios, como teológicamente incorrecta.  La meta final de la vida cristiana, en efecto, es la divinización, una unión con Dios que comienza desde el primer instante de nuestra vida con Dios mediante la obediencia al mandamiento. De este modo, nosotros intentamos someter, de manera cada vez mayor, nuestra voluntad a Dios hasta que ésta se conforme a la de Dios.

Por tanto, el concepto de “ascesis” desde el punto de vista teológico consiste en dos puntos fundamentales:

1. es una preparación concreta indispensable para alcanzar el estado de unión con Dios predisponiendo la naturaleza humana a una kénosis continua, a un vaciamiento de todo orgullo, grandeza o vanagloria humana. El hombre debe llegar a una humildad semejante a la de la encarnación del Hijo de Dios a fin de que sea apto y esté listo para la comunión con Dios.

2. es un elevar la condición de esclavos vivida por el hombre lejano de Dios a una condición de filiación con Dios, mediante un esfuerzo continuo tendido a la obediencia y a la sumisión hasta la muerte, a fin de realizar la voluntad del Señor con todo instrumento posible. Este esfuerzo incluye el soportar, por nuestra parte, toda desgracia y tentación a las cuales somos sometidos durante el camino para demostrar ser dignos de la filiación  y de la herencia propia de Cristo. Esto sucede mediante el testimonio del Espíritu Santo en nuestro corazón y en nuestra consciencia según las palabras del apóstol Pablo:

“Si ustedes viven según la carne, morirán. Al contrario, si hacen morir las obras de la carne por medio del Espíritu, entonces vivirán. Todos los que son conducidos por el Espíritu de Dios son hijos de Dios. Y ustedes no han recibido un espíritu de esclavos para volver a caer en el temor, sino el espíritu de hijos adoptivos, que nos hace llamar a Dios ¡Abba!, es decir ¡Padre! El mismo Espíritu se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que somos hijos de Dios.” (Rom 8, 13-16)

La vida ascética, en la perspectiva teológica, es pues la premisa concreta para la unión con Dios que nos allana el camino para elevarnos de la esclavitud de la carne a la libertad de los hijos de Dios, es decir a la filiación perfecta en Cristo. La ascesis es pues un medio que tiene un objetivo preciso: la unión con Dios y la filiación divina.

Este objetivo, a primera vista, puede aparecer al pecador como impracticable, incluso impensable e inimaginable. Es un sentimiento sincero y verdadero porque la vida ascética no implica absolutamente el simple esfuerzo humano, por otro lado si incluso para ser esclavo de Dios sería imposible, imagínense ser hijos.


Matta el Meskin
Ritrovare la strada
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose.
Magnano 2017. Pp. 207-209.

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La ascesis como camino para aprender el amor y la humildad



Matta el Meskin


La vida ascética es, al mismo tiempo, una realidad activa y pasiva: hay cosas que obtenemos mediante el esfuerzo y cosas que obtenemos sin esfuerzo. Lo que obtenemos con esfuerzo es una adquisición de la voluntad; lo que obtenemos sin esfuerzo es un don de Dios por gracia. Toda virtud tiene un umbral activo en el cual nos debemos parar y uno pasivo desde el cual debemos iniciar.

El amor, por ejemplo, podemos practicarlo y realizar las obligaciones hacia los hombres y hacia Dios sin obstáculos de ninguna clase y sin ninguna ayuda por parte de los hombres. En cualquier momento que queremos realizar un acto de amor podemos hacerlo con la sola voluntad. Sin embargo, con toda la buena voluntad y la abnegación que podemos tener, llegaremos siempre a un punto en el cual nuestro amor está obligado a pararse. Este punto está ligado a las potencialidades limitadas del hombre que, con la intrusión de muchas fragilidades indirectas, limitarán el impulso del amor. Hasta este umbral, el amor aparece siempre como fruto de un esfuerzo personal, ciertamente apreciable, pero indiscutiblemente se trata de un amor imperfecto. Pero la gracia, que no deja jamás de obrar en nuestro corazón voluntarioso, no nos hace detener en ese umbral. Cuando, en efecto, acogemos en nosotros al Espíritu de amor inmediatamente el valor, el calor y la abundancia del amor en el corazón crecen desmedidamente. Todos los recursos bloqueados y las energías inactivas en nosotros son encauzados para servir al amor y parecemos transportados por una fuerza irresistible a amar ilimitadamente e incondicionalmente, de una manera tal que a los otros les es evidente que obramos bajo el efecto de la acción extraordinaria de Dios y que un gran poder divino está obrando en nosotros. Llegamos a un punto tal en el cual no existe más ninguna enemistad que pueda limitar nuestro amor por los otros.

Si después volvemos al umbral de la acción positiva del amor, es decir a la acción que se basa en el esfuerzo voluntario, nos damos cuenta que en ese punto nuestro sentir, que carece de la acción de la gracia, es totalmente imperfecto e inadecuado a las exigencias del amor de los hijos. ¡Es más, es inadecuado incluso para los esclavos! Si, en cambio, el Espíritu del amor se derrama en nuestros corazones, entonces nos sentimos hijos: nuestro corazón arde, está subyugado y siente una increíble proximidad a Dios.

Lo mismo vale para la humildad. El esfuerzo humano puede llegar al máximo a no hacernos sentir nada, a no darnos cuenta de nosotros mismos y a estimarnos de ser menos que todos. En realidad, sabemos que no estamos realmente contentos y tampoco los otros están contentos con nosotros. En el fondo, estamos un poco afectados por el despojarnos de nuestra humanidad. Esto es debido al hecho que nuestra lucha está privada de la acción de la gracia. Pero en cuanto la gracia comienza a actuar en nuestro corazón y Dios nos da el espíritu de humildad, con su Espíritu Santo, sentimos rápidamente poseer algo nuevo: la belleza de la humildad comienza a resplandecer en nosotros y nos hace más humanos, incluso más que humanos. Los otros perciben que es Dios el que habla y obra en nosotros. Es sólo así que nuestra humildad se vuelve atractiva para los otros porque revela a Dios que nos inhabita.

Pero, ¿Dónde termina el esfuerzo personal y dónde comienza la acción de la gracia? ¿Cuál de las dos comienza a actuar primero: la voluntad o la gracia? ¿Cuál de las dos es más eficaz? Aquí entramos en una polémica teológica de la cual la vida ascética ha sufrido grandemente sin conseguir ninguna ventaja. El hereje Pelagio, que consideró esta cuestión a simple vista y profanamente, llegó al extremo de afirmar que no existe más que el esfuerzo humano, superando así los límites de la fe. Agustín de Hipona se le opuso de una forma excesiva. Absolutizando la cuestión, Agustín considera que el esfuerzo humano no tiene ningún valor porque el hombre vive, se mueve y existe en Dios (cf. Hechos 17,28). Por tanto, a fin de cuentas, cuenta sólo la gracia.  Juan Casiano, en cambio, adoptó el camino medio refiriéndose a las enseñanzas de algunos santos monjes de Nitria y dijo que el hombre comienza con el esfuerzo personal pero que luego la gracia suple. Pero esta visión ha sido considerada equivocada porque buscaba salvar una y otra postura.

Finalmente, la patrística ha preferido un término particular, ya utilizado por Clemente de Alejandría [1], que ponía juntos de modo inseparable el efecto del esfuerzo personal y la acción de la gracia: sinergía. La sinergía consiste justamente en una obra armónica, en una acción concorde.

Tanto el esfuerzo como la acción de la gracia tienen la libertad de empezar algo o de completarlo, permaneciendo inseparables. Existe también una imagen que explica bien la acción del esfuerzo y de la gracia. La vida ascética es comparada a un marino que se esfuerza a través del mar teniendo a su disposición dos remos y una vela: a veces rema y a veces iza la vela para aprovechar los vientos a favor. Así, con los remos de la voluntad y el viento de la gracia, nuestra barca avanza hasta llegar al puerto deseado.


Matta el Meskin
Ritrovare la strada
Ed. Qiqajon. Comunità di Bose.
Magnano 2017. Pp. 203-206

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Notas:

[1] Cf. R. Williams, The Wound of Knowledge, London 1990, pp. 24-39; W. Jaeger, Two Rediscovered Works of Ancient Christian Literature: Gregory of Nyssa and Macarius, Leiden 1954, pp. 85-109.