Ícono del Cristo Orante - Capilla del Eremitorio, Monasterio del Cristo Orante

miércoles, 20 de diciembre de 2017

Donación de Dios y compromiso del hombre.

En la raíz de la experiencia y de la palabra de Teresa de Jesús


R.P. Maximiliano Herráiz ocd



“Jamás nos acabamos de conocer, si no procuramos conocer a Dios” [1]. Palabras iluminadoras que bien pueden colocarse sobre el frontispicio de la espiritualidad teresiana. Llave de acceso a su experiencia y a su mensaje. No hay conocimiento del hombre sino desde la plataforma y la perspectiva de Dios. Conocimiento “acabado”. Conocimiento completo. Se cercena y se mutila el hombre cuando silencia a Dios. Y a Dios se puede silenciar de muchas maneras. Aun cuando se lleve permanentemente en los labios. Por ejemplo, se silencia no reconociendo las “grandezas” que opera en nosotros. “Salir” de sí y “volar” hacia Dios para conocerse debidamente. Como tiene que “salir” la abeja de la colmena para labrar la miel [2].

Obsesión de Teresa: conocer a Dios para descubrirse a sí mismo en totalidad. Y para orientarse en las relaciones con él, con el misterio que nos envuelve pero que nos desborda. La mejor palabra sobre el hombre, mejor, la única que a la postre resulta verdadera, es la que brota de la contemplación de un Dios que nos crea en cada momento y nos llena manos y corazón de gracia y vida.

De este modo, hablar de Dios para el místico –para Teresa- no es otra cosa que hablar del hombre. O alcanzar  la raíz sustentadora y posibilitadora de esa criatura que llamamos hombre, ser racional.

Con quien asume esta altura y toca estas profundidades no tiene que ser fácil el diálogo. Podrá uno pasar a su lado, hasta plantar la morada del amor a su sombra, y no ser “tocado” por su palabra. Más todavía, adueñarse de sus palabras y repetirlas con fruición y no producirse el encuentro de una común experiencia y de una pareja singladura espiritual.

Y esta proximidad distante –proximidad de admiración, distancia de comunión- es más fácil que se produzca con quien ha entrado en la historia por la puerta grande de la aceptación general y entusiasta. El ruidoso entusiasmo normalmente va de la mano de la ignorancia y encubre con oropeles de “culto” al héroe una gran falla vital entre él y sus ensalzadores.

Cada día me convenzo más que Teresa de Jesús, mujer que ha derribado con su hechizo las más resistentes fortalezas de la desconfianza o del recelo frente a su experiencia, y que ha hecho caliente proximidad la fría distancia de unos pocos, ha sufrido las consecuencias de la fácil y tumultuaria acogida con que ha contado en el curso de la historia.

En la relación con Teresa, la admiración ha ocupado el puesto que correspondía a la inteligencia cordial; y la exaltación de su figura se ha impuesto a la interpelación que su experiencia podría hacernos.

Hoy, cuando estamos más necesitados de maestros y profetas a quienes oír que de héroes de fantasía con quienes escapamos de la hiriente y reclamante realidad, somos conscientes de que éste no es el camino para explotar una riqueza que nos pertenece. Y estamos en mejores condiciones de diálogo con ella que nuestros antepasados porque su experiencia y sus intuiciones nos parecen más actuales y que responden a una sensibilidad y psicología religiosa de más amplia base que en tiempos pasados.

Nadie ha regateado elogios a las experiencias espirituales y místicas de Teresa de Jesús. Ya ella misma, con el ingenuo primitivismo de su espíritu virgen, confesó sin rebozo: “creo hay pocos que hayan llegado a la experiencia de tantas cosas” [3]. Bastantes menos son los que han alcanzado lo nuclear de esta experiencia [4]. Y se reduce considerablemente el número de quienes han captado la exigencia de orientación “ascética” que la experiencia de Dios tuvo para Teresa [5]. En este último sentido me afirmo en la convicción de que el diálogo con la Doctora Mística está todavía en sus primeros compases. Y que sostenido paciente y amorosamente puede reservar no pequeñas y gratas sorpresas al cristiano de nuestros días en busca de autenticidad y sustancias evangélicas.

La línea de nuestra exposición será sencilla: la experiencia de Dios opera una experiencia del hombre y conlleva una exigencia de comportamiento espiritual profundamente personalista. En el hombre Jesús de Nazaret, el Crucificado, vería Teresa al Dios que se nos comunica y al hombre que responde desde la afirmación de su humanidad. Radical y absoluta donación de Dios y radical y absoluta respuesta y donación del hombre.


1. Dios, experiencia de misericordia.

Dios está al principio de todas las “gracias” y “mercedes” que el hombre cree recibir. No sólo porque es la fuente de donde brotan, sino –en un sentido más hondo- porque él es la gracia que se nos da. Y Dios está también al final de todo, no tanto como objetivo hacia el que avanzamos, sino como plenitud posible, necesaria e insustituible de nuestra andadura personal.

“Por detrás” y “por delante”, estrechándonos creadoramente, está Dios, en su realidad tripersonal, desvelándosenos y desvelándonos. Y está en cada punto de nuestra historia con el rasgo definitorio e identificador: dándose al hombre, comunicándose al hombre con toda su infinita capacidad. Donación que, aceptaba –aceptación humana “reguladora” de la misma-, es capacitadora de respuesta.

Cuando Teresa de Jesús, desde la cima provisional de sus cincuenta años, vuelve su mirada sobre el ancho paisaje de su historia interior, en la línea lejana de su niñez surge con perfiles nítidos y profundos la imagen de Dios que ahora, cuando escribe, ve que ha estado presente activa y creadoramente. “No me parece os quedó a Vos nada por hacer para que desde esta edad no fuera toda vuestra” [6]. Años más tarde, aproximándose a los 60, nos confesará el mismo hecho: “Veía claramente lo mucho que el Señor había puesto de su parte, desde que era muy niña, para llegarme a Sí con medios hartos eficaces” [7]. Y a un paso de la culminación de su carrera terrena, dirá a un sacerdote abulense sorprendido y entusiasmado por la lectura del Libro de la Vida: “qué cosa es la misericordia de Dios, que mis maldades han hecho bien a vuestra merced, y con razón, pues me ve fuera del infierno que ha mucho que tengo bien merecido, y así intitulé ese libro “De las misericordias de Dios” [8]. Es el título de su historia, la que nos contó en torno a sus cincuenta años. Y de la que después ha seguido. Su vida es historia de las acciones salvíficas de Dios, “de las misericordias de Dios”.

Con lo que nos señala certeramente el corazón de su experiencia y el núcleo de su narración. Dios, protagonista de la historia de Teresa. Asomarse a su vida y seguir el “discurso” de la misma es contemplar el despliegue de la actividad salvífica de Dios. Dios se eleva poderoso sobre el escenario de la vida de Teresa, fiel a sí mismo, imponiéndose amorosamente a la mujer “pertinaz e ingrata”, o acelerando una historia de amorosa respuesta que, por fin, arrancó del corazón que se rindió a su acoso.


Misericordia contra miseria

El amor de Dios es siempre misericordia, amor misericordioso. Aunque haya momentos de la vida del hombre que autoricen más –porque aparecen más reveladores-, a hablar de este esencial rasgo del amor divino [9].

En este sentido ha leído Teresa un largo período de su vida. Y pedagógicamente lo ha explotado: el tiempo de su infidelidad es tiempo de tanta merced de Dios, al menos, como lo es el que se inicia con su “conversión” definitiva, ese que abre al desbordamiento de la experiencia mística sobre el que recae la presión de confesores y consejeros para que la monja carmelita lo historie.

Es tanta la fuerza con que se lo impone a la santa, y tanto el mensaje que en el mismo descubre, que hurta la vigilancia de los que le mandan que se alargue contando las mercedes de Dios y se mida con la confesión de sus pecados: “Creo que no añado muchas en decir otras mil, aunque me riña quien me mandó moderase el contar mis pecados…; por amor de Dios le pido de mis culpas no quite nada, pues se ve más aquí la magnificencia de Dios y lo que sufre a un alma” [10]

Las últimas palabras nos dan la clave: en el pecado del hombre “se ve más” la bondad de Dios. No es menos merced la que Dios concede al hombre cuando éste peca, que cuando el don encuentra acogida cordial. Dios, en un caso y en otro, siempre se revela como Dios misericordioso. El pecado –la actitud del hombre- no logra “ocultar” a Dios. Contar las “mercedes de Dios” contiene un capítulo privilegiado: el tiempo en que ella “deshacía” las mercedes que Dios le concedía. Sobre el fondo del pecado de Teresa aparece con nitidez un Dios incansable en el perdonar, “inevitablemente” misericordioso. “Tantas traiciones, siempre haciendo males y procurando deshacer las mercedes que Vos me habéis hecho” [11]. Dios mismo le dice en una gracia mística “que me acordase lo que le debía, que cuando yo le daba mayor golpe, estaba él haciéndome mercedes” [12].

Recordar y decir sus pecados no es dejar de contar quién ha sido Dios con ella, o desviar hacia ella la corriente del relato autobiográfico. Es tocar fondo en la revelación de Dios. Se agolpan sobre su memoria los años de infidelidad que siguen a la profesión religiosa, hecha “con gran determinación y contento”. Años que encierra en una frase vigorosa, sorprendente para cualquier lector “piadoso”: “No parece, Dios mío, sino que prometí no guardar cosa de lo que os había prometido”. Y rápidamente da el “salto”: “para que más se vea quién Vos sois, Esposo mío, y quién soy yo”. Y continúa una confesión cristiana químicamente pura del pecado: “que muchas veces me templa el sentimiento de mis grandes culpas el contento que me da que se entienda la muchedumbre de vuestras misericordias” [13].

Avanzada la redacción del libro, envuelta en el recuerdo de las primeras gracias místicas, que suben el nivel de percepción y de dolor de sus ingratitudes, rubricará con no reprimido sentimiento de liberación interior: “mientras mayor mal, más resplandece el gran bien de vuestras misericordias” [14].

Objetivo abiertamente perseguido en la testificación de su ruin vida: revelar el amor paciente y sufrido de su Dios. “Pues para lo que he tanto contado esto es…, para que se vea la misericordia de Dios y mi ingratitud” [15]. “No sin causa he ponderado tanto este tiempo de mi vida…, un alma tan pertinaz e ingrata con quien tantas mercedes le ha dado”. [16]

Si bajo esta óptica volvemos ahora sobre “este tiempo” de la vida de Teresa nos encontraremos con el Dios que contra ella y a pesar de ella ha sido inquebrantablemente fiel a sí mismo. De todos los peligros en los que se metió le libró Dios “de manera que se parece procuraba contra mi voluntad que del todo no me perdiese” [17].  “Andaba su Majestad mirando y remirando por donde me podía tornar a Sí” [18]. Al evocar su camino hacia la vida religiosa recordará que Dios la trajo “por tantos rodeos” [19]. Al llegar a contarnos el tiempo de la máxima postración espiritual contemplará a Dios que “desciende” hasta ese abismo para evitar la catástrofe total. “Hubiérame cierto llevado al infierno, si con tantos remedios y medios el Señor con muy particulares mercedes suyas no me hubiera sacado de este peligro” [20]

Se comprende que a Teresa “le espantara” la bondad de Dios y que “se regalara” viendo su misericordia. “Muchas veces he pensado espantada la gran bondad de Dios y regaládose mi alma de ver su gran magnificencia y misericordia” [21]

Un Dios “que tanto me esperó”, que “tanto me ha sufrido” [22], se convierte en la gran seguridad de Teresa. “La misericordia de Dios me pone seguridad” [23].

Y cree que su caso, el comportamiento de Dios con ella, es una prueba fuerte, irrefutable para que cualquier lector –“por ruin que sea”- se abra a la esperanza. “Pues si a cosa tan ruin como yo, tanto tiempo sufrió el Señor…, ¿qué persona, por mala que sea, podrá temer?... ¿Ni quién podrá desconfiar, pues a mí tanto me sufrió…?” [24]. Por eso, confiesa dirigirse a las personas débiles, a quienes se sienten bajo el peso de sus culpas. “Escríbolo para consuelo de almas flacas como la mía, que nunca desesperen ni dejen de confiar en la grandeza de Dios” [25]. Este capítulo lo cerrará con las siguientes palabras: “acuérdense de sus palabras y miren lo que ha hecho conmigo, que primero me cansé de oféndele que su Majestad dejó de perdonarme. Nunca se cansa de dar, ni se pueden agotar sus misericordias, no nos cansemos nosotros de recibir”.

“Presumir”, pues, de su misericordia [26], gloriarse del Dios que contempló en la carne de su pecado y ruindad, es la más sencilla y honda, por auténtica y genuina, profesión de fe en el Dios que se reveló a sí mismo como el Dios de la misericordia y del amor eterno. Dios, amor, siempre y a pesar de todo.


El amor es mayor

Fugazmente Teresa ya había constatado la conexión entre su “disposición” al don de Dios y la catarata de gracias que llovía  sobre su alma. Apenas se determina a seguir el camino de oración que le enseña Francisco de Osuna en el Tercer Abecedario, “comenzóme  su Majestad a hacer tantas mercedes…” [27]

Pero será unos años más tarde cuando se le imponga como una evidencia: a saber, que Dios se multiplica eficazmente en gracia cuando ella “se dispone” o “se da a la oración”. O que basta “que quiera recibir” los dones de Dios para que la donación se produzca. Y esto porque “Dios no espera otra cosa”. Dios está al acecho de la actitud receptiva del hombre. Y hasta por mil maneras la provoca.

He aquí unos textos exquisitamente reveladores, punto de arranque de cualquier estudio sobre el Dios que experimenta Teresa y, por consiguiente, sobre el comportamiento humano que determina. “No me parece acababa yo de disponerme a quererle servir, cuando su Majestad me comenzaba a tornar a regalar” [28]. Capítulos adelante volverá a decir con rotundidez: “No parece esperabais otra cosa sino que hubiese voluntad y aparejo en mí para recibirlos [dones de vuestra gracia]” [29]. Y conecta abiertamente su “conversión” a querer recibir de Dios con la oleada de gracias místicas escribiendo: “Pues comenzando a quitar ocasiones y a darme más a la oración, comenzó el Señor a hacerme las mercedes, como quien deseaba… que yo la quisiese recibir”. [30]

No se trata ahora de seguir paso a paso la historia mística de Teresa para descubrir cómo acelera Dios su ritmo de donación y comunicación; ni mucho menos adentrarse en la descripción de las modalidades que reviste en ella esta donación. Baste tener en cuenta que la comunicación mística es la revelación esplendorosa e inefable de un Dios siempre dador de sí, que amorosamente presiona al hombre. O, si se quiere, una modalidad y variante que más fuerte y convincentemente muestra la donación gratuita, abundante de Dios empleándose a fondo en la conquista del hombre para vencer sus resistencias a la amistad y comunión que le ofrece. A este tiempo y a esta modalidad de comunicación mística se refiere la Doctora Mística cuando escribe que, como tantas personas, volviera atrás, “si el Señor tan misericordiosamente no la hiciera todo de su parte; y hasta que por su bondad lo puso todo, ya verá vuestra merced que no ha habido en mí sino caer y levantar” [31]. Es la experiencia, situada en los comienzos de su vida mística, de estar “cercada”, sin posibilidad de huida, por Dios: “Cuanto más procuraba divertirme, más me cubría el Señor de aquella suavidad y gloria, que me parecía toda me rodeaba y que por ninguna parte podía huir” [32].

Cuando, desde la plataforma de su experiencia, proclame la palabra doctrinal, las mejores y más abundantes páginas de sus obras estarán consagradas a contar lo que Dios hace. Llenará de este modo una laguna de los libros espirituales. Lo advierte en Vida y Moradas. La declaración de propósitos la hará en ambas obras significativamente al comienzo de la explosión mística en Vida: “Pues querría dar a entender esto, porque son principios, y cuando el Señor comienza a hacer estas mercedes la misma alma no las entiende… Porque he yo pasado mucho y perdido mucho tiempo por no saber qué hacer…; porque aunque he leído muchos libros espirituales…, decláranse poco” [33]. En Moradas no será menos explícita señalando el campo privilegiado de su docencia: “Bien entiendo es cosa importante para vosotras declarar algunas [cosas] interiores como pudiere; porque siempre oímos cuán buena es la oración… y no se nos declara más de lo que podemos nosotras; y de cosas que obra el Señor en un alma declárase poco, digo sobrenatural” [34].

Y así lo hace. Basta recordar tres textos referidos a Moradas en los que la autora habla explícitamente del contenido de su “tratado” [35] y que son advertencias al lector para que lo lea en la clave que lo ha escrito.

Presentando la comparación-base del libro escribe solicitando la atención del lector porque “quizá será Dios servido pueda por ella daros algo a entender de las mercedes que es Dios servido hacer a las almas” [36]. Y concluyendo la obra, de nuevo pone de manifiesto lo que ha sido preferentemente el núcleo de su exposición: “si algo hallaréis bueno en la orden de daros noticias de él…” [37]. Apenas ha transcurrido una semana de la terminación de la obra cuando anuncia a un amigo la “joya” que acaba de salir de sus manos y sintetiza el contenido: “no trata de cosa sino de lo que es Él” [38].

Pero es que a lo largo del libro dejará reiteradamente constancia de que el centro del relato, el protagonista de la historia que cuenta –porque historia es- es Dios. Dios en cuanto se comunica con los hombres, que hace mercedes y otorga gracia. Lo que se revela de un modo deslumbrante en las moradas místicas.

Desde las 5M podemos encontrarnos con estas reveladoras afirmaciones. Se refiere a las grandes ganancias de la oración de unión “por obrar Dios en ella [el alma] sin que nadie lo estorbe, ni nosotros mismos”. Su pasmo ante la comunicación de Dios lo expresará en una reveladora pregunta: “¿qué no dará quien es tan amigo de dar y puede dar todo lo que quiere?” [39]

El puente a las 6M lo hará con estas significativas palabras: “y para que veáis, hijas, lo que hace con las que tiene por esposas…” [40]. Pero, indudablemente, es en la nota introductoria a las 7M donde Teresa de Jesús sienta la gran sorprendente afirmación que se convierte en clave de lectura de todo el libro. Empieza recogiendo de labios de sus lectores una duda: “Pareceros ha, hermanas, que está dicho tanto en este camino espiritual, que no es posible quedar nada por decir”. Y responde sentando un principio extraordinario: “pues la grandeza de Dios no tiene término, tampoco le tendrán sus obras”. Adecuación entre ser y el actuar de Dios. Por eso continúa: “es imposible, y así no os espantéis de lo que está dicho y se dijere, porque es una cifra de lo que hay que contar de Dios”  [41].

El “camino espiritual” es para Teresa “contar las obras de Dios”. Historiar sus obras, “misericordias y grandezas”. El ser de Dios y el hacer mercedes es “sin término”. Lo dicho y lo que pudiera decirse es “una cifra de lo que hay que contar de Dios”.

“Espantada” por las grandiosas comunicaciones de Dios, sobrecogida por lo que se le da, y conmocionada profundamente por lo que pierden tantos, se dejará levantar por la corriente de una efusión íntima: “¡Oh benignidad admirable de Dios…! ¡Oh ingratitud de los mortales!... Que sé yo términos…” Y después se vuelve a los hombres para gritarles su convencimiento experiencial: “mirad que es así cierto, que se da Dios a Sí a los que todo lo dejan por él. No es aceptador de personas, a todos ama… Mirad que no es cifra lo que digo de lo que se puede decir” [42].

Su experiencia es paradigmática. En la comunicación de Dios a ella ha descubierto al Dios “de todos”, al Dios que es gracia y don, oferta “sin tasa”, “sin término” a todos los que quieren acoger y recibir su don, que es él mismo. “Pues así lo hace conmigo” [43]. “¿Quién podrá desconfiar pues a mí tanto me sufrió…?” [44]

“Plega a su Majestad sea alguna parte la grandísima largueza que con esta pecadora ha tenido para que se esfuercen y animen los que esto leyeren…” [45] Y, en carta al P. García de Toledo remitiéndole el manuscrito de Vida: “pues verá vuestra merced, por lo que aquí va, cuán bien se emplea en darse todo… a quien tan sin tasa se nos da” [46].


Dios, “amigo de dar”

El salto de sí a todos los hombres lo da Teresa con absoluta espontaneidad. La “visión” de Dios que ha disfrutado le “obliga” a hacer esta extensión de su caso a todos. Pero también el hecho que ha contemplado: Dios obra maravillas cuando el hombre se abre a él y se “dispone” a recibir sus dones.

Empecemos por aquí. Dos casos particularmente llamativos evoca en sus escritos. En primer lugar el pequeño grupo de “letrados” y amigos que rodean a Teresa que boga mar adentro de la experiencia mística. “Los cinco que al presente nos amamos en Cristo” [47], a quienes grita su deseo de ser “todos locos por amor”. Y los “letrados”, en algunos de los cuales ha visto prender con fuerza la llama de la vida mística: “De algunos días acá lo he visto por algunos letrados, que ha poco que comenzaron y han provechado muy mucho” [48]. De dos de éstos ha hablado más explícita y encarecidamente. Del “mayor letrado de este lugar”, el P. Pedro Ibañez, dominico, quien, tras una confidencia de la santa, se retira “a un monasterio de su Orden” y vuelve tan cambiado que, “lo que antes me aseguraba y consolaba con solas sus letras ya lo hacía también con la experiencia de su espíritu” [49]. Y más amplia y explícitamente, del P. García de Toledo, de quien nos dice que le “ha traído el Señor en cuatro meses harto más adelante que yo estaba en diecisiete años: hace dispuesto mejor” [50]. Ha sido tal el cambio, que dice Teresa que “si yo no lo hubiera visto, lo tuviera por dudoso en tan breve tiempo hacerle tan crecidas mercedes” [51].

Y, más próxima a ella, la vida que ve brotar pujante en el grupito de monjas de San José de Ávila. Porque “todas juntas se ofrecen en sacrificio por Dios”, “su Majestad… acaba con ellas en tres meses –y aun con alguna en tres días- con hacerlas muchas menos [mercedes] que a mí” [52]. “Comenzó la divina Majestad a mostrar sus grandezas en estas mujercitas flacas… que parece no se quiere quitar de con ellas” [53]. “Son tantas las mercedes que el Señor hace en estas casas, que si hay una o dos en cada una que las lleve Dios ahora por meditación, todas las demás llegan a contemplación perfecta” [54].

Son casos concretos que tienen detrás de sí, indudablemente, la actitud receptiva y la comprometida “disposición” de quienes los protagonizan; pero más, la “visión” de Dios que disfrutó Teresa y que quiere comunicarnos para encauzar bien la vida espiritual. En sus monjas ha prendido la gran convicción que les ha transmitido su Madre y Maestra: “sé que hablo con quien no habrá este peligro [no creer en las maravillas que obra Dios en las almas], porque saben y creen que hace Dios aún muy mayores muestras de amor” [55]. Sobre el fondo de los “letrados espantadizos” les exhortará: “creed de Dios mucho más y más” [56].

Dios “no es aceptador de personas” [57]. Es “amigo de dar”, “nunca se cansa de dar” [58]. Es palabra grande, palabra grávida de Teresa, palabra sobre la que retornará constantemente volcando en ella su larga y profunda experiencia. “Siempre he visto en mi Dios harto mayores y más crecidas muestras de amor de lo que yo he sabido pedir ni desear” [59].

“Amigo de dar”, plenitud de amor, Dios “necesita” darse. Ayer como hoy, en el pasado como en el presente. Ininterrumpidamente. Y a todos. “Tan aparejado está este Señor a hacernos merced ahora como entonces, y aun en parte más necesitado de que las queramos recibir” [60]. “Ahora como entonces”. En el ayer originante de un movimiento espiritual –como es una familia religiosa- y en el hoy de “implantación” permanente, no menos “originante” del movimiento espiritual en cuestión. “Oigo algunas veces de los principios de las órdenes decir que, como eran los cimientos, hacía el Señor mayores mercedes a aquellos santos nuestros pasados. Y es así, mas siempre habían de mirar que son cimientos de los que están por venir” [61]. “Cimientos” somos todos, y en los “orígenes” estamos siempre. Los tiempos no son obstáculo ni, mucho menos, pueden significar un cambio de actitud en Dios: “que para hacer Dios grandes mercedes a quien de veras le sirve siempre es tiempo” [62]. “¡Y cómo, Señor mío, no queda por Vos el no hacer grandes obras los que os aman sino por nuestra cobardía y pusilanimidad! Como nunca nos determinamos, sino llenos de mil temores y prudencias humanas, así, Dios mío, no obráis Vos vuestras maravillas y grandezas. ¿Quién más amigo de dar, si tuviese a quién…?” [63]

Tan amigo de dar que “nunca querría hacer otra cosa si hallase a quién” [64]. “Si tuviese a quien…”. Porque el Señor busca al hombre para darse a él, busca tener a quién dar. No está deseando otra cosa. Así lo dice explícitamente de las mercedes místicas: “Porque, aunque es verdad que son cosas que las da el Señor a quien quiere, si quisiésemos a su Majestad como él nos quiere, a todas las daría; no está deseando otra cosa, sino tener a quien dar, que no por eso se disminuyen sus riquezas” [65]. En la oración –puerta de todas las mercedes [66]- descubre el hombre “el particular cuidado que Dios tiene de comunicarse con nosotros y andarnos rogando –que no parece otra cosa- que  nos estemos con él” [67]. De sí dice que “granjeaba el Señor conmigo que yo lo quisiese recibir” [68].

Donación “sin tasa”, como Dios. Desbordando los más grandes deseos y esperanzas del hombre. El es su medida. “Y como he dicho muchas veces…, no se contenta el Señor con darnos tan poco como son nuestros deseos” [69]. “No se ha de poner tasa a un Señor tan grande y tan ganoso de hacer mercedes” [70]. Y es “muy amigo de que no pongan tasa a sus obras” [71]. Tanto, que la aceptación de este Dios sin tasa en el dar, creer en él, es la condición imprescindible para que actúe: “Yo sé que quien esto no creyere [que Dios hace “aun mayores mercedes” de las que va a contar] no lo verá por experiencia” [72]. “Al menos creo que, quien no creyere que puede Dios mucho más y que ha tenido por bien y tiene algunas veces comunicarlo a sus criaturas, que tiene bien cerrada la puerta para recibirlas” [73].

“Sin tasa” significa que “no quiere dejar nada por dar” [74]. O “que nunca cesa de comunicarse”. “Vala [Dios al alma] habilitando para darle más… Y aun no se contenta con todo esto –cosa maravillosa y de mirar mucho- de que el Señor entiende que un alma es toda suya… nunca cesa de comunicarse con ella de tantas maneras y modos, como quien es la misma Sabiduría” [75].

Y esto –hay que recordarlo para evitar posibles equívocos- prescindiendo del “modo” de comunicación. A Teresa le preocupa el hecho de la comunicación, lo sustantivo: Dios se da, actúa gracia, se comunica con el hombre. Los “modos”, o el “modo” concreto de las gracias místicas, aun cuando en ella este último revistió una importancia excepcional, los relativiza. “Que poderoso es el Señor de enriquecer las almas por muchos caminos y llegarlas a estas moradas, y no por el atajo que queda dicho” [76]. Y otros dos textos de idéntica factura: “Su Majestad os dará por otros caminos lo que os quita por éste [de la contemplación infusa]” [77]. “Aparejándonos a recibir, jamás por muchas maneras deja de dar que no entendemos” [78]. Incuestionable para Teresa: “todos caminamos para esta fuente, aunque de diferentes maneras” [79].

Pero hay que añadir otra cosa de suma importancia: Dios se da porque es Dios, amor infinito. No porque el hombre con sus “méritos” provoque la donación. “Y así acaece no las hacer [las mercedes] por ser más santos a quien las hace que a los que no, sino porque se conozca su grandeza” [80]. Convicción que vuelve a manifestar en los prolegómenos de las 5M: “creed de Dios mucho más y más y no pongáis los ojos en si son ruines o buenos a quien las hace” [81].

Esto que lo dice directa y explícitamente de las gracias místicas vale igualmente de toda gracia: Dios nos precede. Sin esa donación previa, el hombre no puede nada. No hay respuesta sin propuesta. Las gracias místicas revelan de una manera elocuente el proceder de Dios: obra gratuitamente, va siempre por delante del hombre. Y de este modo posibilita la respuesta humana y la define. Lo veremos inmediatamente.

El “pasmo” y el “asombro” y el “espanto” que se apoderan frecuentemente de Teresa tiene su motivación en el proceder de Dios. Un Dios que “rompe” todos sus esquemas y desborda todas sus previsiones. Un Dios situado siempre más allá de nuestra inteligencia. Lo que experimenta que obra en ella escapa a su capacidad de comprensión y, más todavía, de comunicación: “Si hubiera de decir por menudo de la manera que el Señor se había conmigo…, que fuera menester otro entendimiento que el mío para saber encarecer lo que en este caso le debo” [82].

Dios se revela actuando gracia y comunicando vida –su misma vida- al hombre que le recibe. La culminación de la revelación divina será culminación de la manifestación del Dios trino. Al final del proceso espiritual la experiencia trinitaria viviendo y comunicándose al alma “en el más profundo centro” dominará toda la vida del hombre. El Dios que se da y comunica y hace mercedes es el Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo. 

La testificación de Teresa es, también en este caso, de un valor excepcional. Dejando ahora de lado su comprensión del misterio del Dios trino [83], me hago eco únicamente de lo que es su experiencia de la comunicación trinitaria, de la percepción vivísima que tiene de las relaciones con cada una de las Personas. Sin olvidar lo que anteriormente decía de la adecuación entre el ser y el actuar de Dios. Pues Teresa vuelve a señalar esta conexión íntima entre la experiencia del ser trinitario y la comunicación de cada una de las Personas con ella. Así se expresa contando la gracia del matrimonio espiritual: “… se le muestra la Santísima Trinidad, todas tres Personas…, y estas Personas distintas, y por una noticia admirable que se da al alma, entiende con grandísima verdad ser todas tres Personas una sustancia… Aquí se le comunican todas tres Personas y la hablan…” [84]

La experiencia trinitaria es experiencia de comunicación de cada una de las Personas: con cada una puede hablar y tener una relación personal y recibir de cada una “una cosa”. De este modo se expresa en 1571: “Y así me parecía hablarme todas tres Personas  y que se representaban dentro de mi alma muy distintamente, diciéndome que desde este día vería mejoría en mi en tres cosas, que cada una de estas Personas me hacía merced…” [85]. En fecha posterior nos cuenta otra gracia mística por la que “se me representó son tres Personas distintas, que cada una se puede mirar y hablar por sí” [86]. En otra ocasión es la experiencia del Padre que le dice: “Yo te di a mi Hijo y al Espíritu y a esta Virgen” [87]. El Padre, origen fontal de todo don.

No obstante, sabe por experiencia que si “cada una es por sí”, son una “esencia y un querer y un poder”. No puede estar una sin la otra, toda comunicación y “obra” es de los tres: “¿Podrá el Padre estar sin el Hijo y sin el Espíritu Santo? No, porque es una esencia, y adonde está uno están todas tres, que no se pueden dividir” [88]. “Aunque se dan a entender estas Personas distintas por una manera extraña, entiende el alma ser un solo Dios” [89].

Comunicación trinitaria que tiene sus momentos fuertes (“actos”) y estados permanentes (“presencia habitual”). Lo distingue con precisión la santa: “El traer esta presencia entiéndase que no es tan enteramente, digo tan claramente, como se le manifiesta la primera vez y otras algunas…; mas aunque no es con esta tan clara luz, siempre que advierte se halla con esta compañía” [90]. Comunión inefable que “da señorío” al alma [91], haciéndola “una cosa con el fuerte” [92]. 


2. Dios, exigencia de donación

La insistencia teresiana en el Dios que actúa gracia y desborda con mucho todos los deseos del hombre. La visión del Dios-don y don “sin tasa”, no es sino la confesión sincera y estremecida de un hecho que abarca su vida y la cruza sin discontinuidad y sin mengua.

Visión y experiencia determinantes de toda palabra –que será necesariamente posterior-, que tenga por objeto trazar la postura del hombre en su relación con Dios.

Es sabido la constante recomendación de la Mística Doctora de la conveniencia y necesidad de conocer los dones que Dios nos da. Preparando la historia de las mercedes de Dios titula el capítulo décimo de Vida: “Lo mucho que importa que entendamos las mercedes que el Señor nos hace”. Ya dentro del capítulo sentará afirmaciones de una finura psicológica y teológica sorprendentes: “Si no conocemos que recibimos, no despertamos a amar”. Y, poco después: “es cosa muy clara que amamos más a una persona cuando mucho se nos acuerda las buenas obras que nos hace”. Y más adelante: “Porque somos tan miserables y tan inclinados a cosas de la tierra, que mal podrá aborrecer todo lo de acá… quien no tiene alguna prenda de lo de allá” [93].

Sabernos amados para amar. “Amor saca amor” [94]. El dinamismo responsivo del hombre tiene su punto de partida en la certeza del don recibido. Introduciendo las 6M escribirá con agudeza: “Y para que veáis, hijas, lo que hace con las  [almas] que ya tiene por esposas… para que puestos los ojos en el premio y viendo cuán sin tasa es su misericordia… y puestos los ojos en su grandeza, corramos encendidas en su amor” [95]. Ya en el prólogo al Libro de la Vida había escrito: “Parece traía estudio a resistir las mercedes que su Majestad me hacía, como quien se veía obligar a servir más, y entendía de sí no podía pagar lo menos de lo que debía”. El don es exigencia de donación. Ve Teresa con claridad que las mercedes recibidas le “obligan” a servir más. La memoria de la merced que Dios le ha hecho es más estimulante que la consideración de todos los castigos que merece por sus delitos [96]. A los místicos recuerda que “quedan obligados a servir, pues es recibir más” [97]. “Se han de tener por más deudores y más obligados a servir”, pues “con esta condición las da el Señor” [98]. Al inicio de las Moradas retoma la misma idea: contar las maravillas que Dios hace a las almas “despertará más a amar a quien hace tantas misericordias siendo tan grande su poder y majestad” [99]. Las obras de Dios “despiertan” a amar, urgen fidelidades. La receptividad del don de Dios dinamiza o es receptividad dinámica, pasividad activa. ¿Puede ser de otro modo? Oíamos anteriormente decir a Teresa que siendo tan miserable nuestra naturaleza, no saberse favorecido por Dios generará encogimiento, bloqueará la respuesta. Por el contrario, experimentar cuanto Dios nos da y hace a favor nuestro “pone codicia” de servirle. “Que se llegarían mucho más a Dios, viendo que es tan bueno, como he dicho, que es posible comunicarse ahora tanto con los pecadores. Póneles codicia, y tienen razón, que yo conozco algunas personas…” [100]. Habla otras veces de “santa osadía” o “presunción santa” de llegar a la unión en quienes han experimentado la comunicación de Dios [101].

Pero más allá de este “despertar” para la respuesta generosa, el don de Dios experimentado capacita y hace hábil para la respuesta fiel: recibir para poder dar, o para poder actuar lo que se recibe. Texto luminoso y programático el que Teresa escribió introduciendo el comentario a las palabras del Padrenuestro “hágase tu voluntad”. Se dirige en oración al Maestro para decirle: “Bien hicisteis, nuestro buen Maestro, de pedir la petición pasada, para que podamos cumplir lo que dais por nosotros; porque cierto, Señor, si así no fuera, imposible me parece. Mas haciendo vuestro Padre lo que Vos le pedís de darnos acá su reino, yo sé que os sacaremos verdadero en dar lo que dais por nosotros; porque hecha la tierra cielo, será posible hacerse en mí vuestra voluntad. Mas sin esto…, yo no sé, Señor, cómo sería posible” [102]. Más adelante es al Padre al que se dirige suplicándole: “Pues vuestro Hijo dio en nombre de todos esta mi voluntad, no es razón falte por mi parte; sino que me hagáis Vos merced de darme vuestro reino para que yo lo pueda hacer” [103]

Es la clave de lectura que nos ofrece del libro de las Moradas. Se pregunta al final “qué es el fin para que hace el Señor tantas mercedes en este mundo”. Y se responde sin ambages: “para que le podamos imitar en el mucho padecer” [104]. Deudores siempre somos. Todo lo que tenemos es recibido: “que no tenemos nada que no lo recibimos” [105]. “No podemos nada sino lo que él nos hace poder” [106]. “Mas, pues no puede haber buen pensamiento si Vos no le dais, no hay que me agradecer; yo soy la deudora” [107].

Dios pre-viene siempre, en todas las etapas del proceso, al hombre. Hay una comunicación de gracia o una actuación de Dios que, acogida por el hombre, le capacita para actuar lo recibido. Donación de Dios que compromete al hombre. Y esto en un crescendo constante, en profundidad y en extensión, hasta llegar a la plena comunión.

Además de capacitar para la actuación, el don de Dios “define” y orienta en el sentido y dirección de la respuesta humana. Es el capítulo más amplio y más logrado del magisterio teresiano. En el que se revela la enorme consecuencia que tiene para la vida espiritual una “visión” de Dios como la que disfrutó la Doctora Mística. En ella acabó reorientando totalmente su vida por camino de Evangelio.

A Teresa, peregrina infatigable de Dios, más sedienta siempre que saciada, le preocupa y acucia la vida. O sea, cómo “traducir” existencialmente el don de la vida con el que se sabe inefablemente agraciada. La experiencia de Dios “define” y sitúa su respuesta. Podríamos decir con extrema sencillez, pero también con extrema verdad, que a Teresa se le impuso con asombrosa evidencia que, a un Dios que se le da, y se le da “sin dejar nada por dar”, no puede responderle válidamente más que dándose, y dándose por entero, del todo, con radicalidad, sin concesiones. De este modo, la vida espiritual se resuelve en una relación de persona a persona, relación de amistad, en la que sustantivamente lo que importa son las personas que se dan y se reciben, a niveles cada vez más íntimos, hasta la comunión plena que llama “encuentro de condiciones”.

Podríamos tomar como punto de partida la coletilla que Teresa añade a su clásica definición de oración: “para ser verdadero el amor y que dure la amistad, hanse de encontrar las condiciones” [108].

La “condición” de Dios tiene que llegar a ser la “condición” del hombre. En ese “encuentro” de condiciones consiste la amistad, el ser cristiano. Y en términos concretos, la conversión del hombre al amor como motivo y motor de su existencia. Amor que es y que ha definido Dios en su relación con nosotros: donación personal. Aquí aparecerá Cristo como el “don” –en él nos dio todo [109]-, y, al mismo tiempo, Cristo aparece como realizador de la donación del hombre a Dios. Algo diremos en la última parte de este trabajo. Pero dejemos ya claro que el “concierto” de las “almas concertadas” desagrada tanto a Teresa porque es una desviación espiritual sustancial, de la persona a las cosas; desviación, sobre todo, hacia un solapado egoísmo que encubre todo ese “concierto”. No es respuesta a un Dios “tan ganoso de dar, que murió por nosotros…” [110]. No es amor limpio, amor gratuito. No se vive en la verdad. No puede haber “encuentro de condiciones”, unión con Dios. Unida con su amor propio, sentencia con energía Teresa [111].

Porque plantea la vida espiritual en términos de relación personal amistosa, la dirección de la respuesta del hombre a Dios no puede ir sino en la de un amor limpio y gratuito. O, lo que es lo mismo, sometimiento incondicional, amoroso a Dios-Amigo, rendimiento a su protagonismo, sin imponer condiciones ni pasar factura por los servicios prestados.

Por eso, es palabra que abundantemente pronuncia a los principiantes para que inicien convenientemente el camino. “Siervos del amor” bautiza a los que se embarcan por el camino de la oración. “Siervos del amor” “siguiendo a Cristo”, según él. Porque él es el amor y molde de todo amor. La referencia a Jesús nunca será externa, intencional, desde fuera, como recurso piadoso, expresión de la “devoción” de Teresa a Jesús-Hombre. Es, por el contrario, exigencia íntima de su experiencia: él es el amor del Padre a los hombres y es, sobre todo, para Teresa, el amor del Hombre Nuevo al Padre. La respuesta de toda la Humanidad. Pues bien, la Maestra introduce de golpe al discípulo en el corazón de la aventura de la oración-amistad, cuando le dice: “Pues hablando ahora de los que comienzan a ser siervos del amor (que no me parece otra cosa determinarnos a seguir por este camino de oración al que tanto nos amó)” [112]. Palabra de comienzo y palabra conclusiva. Porque al terminar el libro de las Moradas preguntará sin rodeos: “¿Sabéis que es ser espirituales de veras? Hacerse esclavos de Dios, a quien –señalados con su hierro, que es el de la cruz, porque ya ellos le han dado su libertad- los pueda vender por esclavos de todo el mundo como lo fue él” [113].

De ahí su constante e implacable fustigamiento a quienes “pretenden gustos en la oración”. Fundamentalmente porque rompen la amistad. “No se acuerden de que hay regalos en esto que comienza, porque es muy baja manera de comenzar” [114]. Se atreve a pedir a Dios que no conceda el don de su amistad a “quienes le sirven por sólo gustos”: “no plega a vuestra Majestad, que cosa de tanto precio como vuestro amor se dé a gente que os sirve sólo por gustos” [115]. La amistad es tanto desarraigo de sí como implantación cordial en el amigo. “Ya no somos nuestros sino suyos”. Lo que en traducción existencial significa: “guíe su Majestad por donde quisiere” [116]. Comenzar “con libertad” el camino de la oración-amistad, de la relación con Dios es optar por la gratuidad, sin atender las demandas del “yo”. Vivir por “solo él”. O servir de balde.

A los principiantes les regala esta consigna áurea: “es gran negocio comenzar las almas oración, comenzándose a desasir de todo género de contentos y entrar determinadas a sólo ayudar a llevar la cruz a Cristo, como buenos caballeros que sin sueldo quieren servir a su Rey” [117]. Ya anteriormente había motivado la fidelidad de quien tiene una oración difícil con estas palabras: “que hace [Dios] de él confianza pues ve que sin pagarle  nada tiene tan gran cuidado de lo que le encomendó” [118]. Y a las personas –“almas concertadas”- que “por justicia parece quieren pedir a Dios regalos” [119], les dirá con imagen feliz, que están poniendo a Dios “pleito por sus dineros” [120]. Lo sustancial es acordarse del Amigo y olvidarse totalmente de sí. “Lo más sustancial y agradable a Dios es que nos acordemos de su honra y gloria y nos olvidemos de nosotros mismos y nuestro provecho y regalo y gusto” [121]. Teresa quiere personas que van por el camino del amor como ha de ir “por solo servir a su Cristo Crucificado” [122]. A una religiosa escribirá con frase enérgica: “no haga presa en los regalos, que es de soldados civiles querer luego el jornal. Sirva de balde como hacen los grandes al rey” [123].

El progreso en la relación amistosa lo presentará siempre en clave de amor desinteresado y gratuito, amor liberador en cuanto es centración y polarización en el Amigo. A la altura de las 6M habla del proceder de “almas muy enamoradas” que obran únicamente “por contentar al amor”, no acordándose que “han de recibir gloria por cosa”. Querrían viese el Señor que no le sirven por sueldo” [124].

Por recordar sólo el momento culminante del proceso de la amistad, es decir, del amor gratuito, que da sentido de plenitud a todo el trayecto, recordamos el “efecto” que produce la unión del matrimonio espiritual: “un olvido de sí, que verdaderamente, parece ya no es… un extraño olvido”. Y con este “olvido” total y radical, “memoria”, disponibilidad vital para todo lo que entiende puede acrecentar “un punto la gloria y honra de Dios, que por esto pondría muy de buena gana su vida” [125]. Más teológicamente lo expresa en el capítulo siguiente: “Si ella [el alma] está mucho con él [Dios]…, poco se debe acordar de sí; toda la memoria se le va en cómo más contentarle, y en qué o por dónde mostrará el amor que le tiene” [126]

Esta “memoria” de “cómo mostrar” al Amigo el amor que le tiene, son las antípodas de la situación en la que el hombre inicia el camino de la amistad: “somos tan caros y tan tardíos de darnos del todo a Dios…” [127]. Del inicial querer “comprar” la amistad divina a bajo precio, sin renunciar a los requerimientos egoístas del “yo” [128], al absoluto rendimiento al amor y total consagración a los intereses del Amigo. Hasta el deseo de estar con él en la eternidad bienaventurada, movimiento de amor hacia la presencia honda, estable y sin sobresaltos, cede el puesto al deseo de vivir –aunque en “ausencia”- si él así lo quiere. “En todo lo que puede y entiende que es servicio de nuestro Señor, no lo dejaría de hacer por cosa de la tierra… Es en tanto extremo el deseo que queda en estas almas de que se haga la voluntad de Dios en ellas, que todo lo que su Majestad hace lo tienen por bueno…; su gloria tienen puesta en si pudieren ayudar en algo al Crucificado” [129].

Actitud dominante al final de la jornada mística, del viaje de la amistad: total rendimiento. “Tiene tanta fuerza este rendimiento a ella [la voluntad de Dios], que la muerte ni la vida se quiere…; mas luego se le representa con tanta fuerza estar presentes estas tres Personas, que con esto se ha remediado la pena de esta ausencia y queda el deseo de vivir, si él quiere, para servirle más y si pudiese ser parte que siquiera un alma le amase más…” [130]. Es la cosecha de una siembra abundante, mimada por la Maestra que desde el principio ha puesto en los labios y en el corazón del aprendiz de orante la palabra de la amistad y del amor gratuito, la palabra de la comunión: “Juntos andemos, Señor; por donde fuéreis tengo de ir; por donde pasáreis tengo de pasar” [131]

Porque juzga esta orientación tan importante -¡la única evangélica!- y porque sabe que el hombre escapa, autoengañándose, a las exigencias del amor amistoso, no consentirá la más mínima distracción del hombre espiritual que le derrame hacia lo accidental y merme su dedicación a la empresa o al objetivo sustancial de la amistad. “Abrazaos con la cruz que vuestro Esposo llevó sobre sí y entended que ésta ha de ser vuestra empresa… Lo demás como cosa accesoria” [132].

Por eso, en la construcción del castillo interior, llegará a la máxima simplificación de ornamentación arquitectónica para la máxima expresividad y relieve de lo que es y hace a un hombre espiritual, es decir, cristiano: Dios y tú en relación amistosa, que es la oración. El cristianismo es relación personal con el Dios que salva, arrancándonos de la superficialidad y haciéndonos bajar a las profundidades de la donación de nosotros mismos, donde él nos fortalece contra las insidias del egoísmo despersonalizador y nos hace entrar en la corriente del amor.

El hombre espiritual no puede sustituir la donación personal por la donación de cosas, por la observancia de ritos y programas, aunque estén dictados –o así se piense- por la más pura generosidad. La atención a la persona, a sus movimientos e inclinaciones, para entrar en el camino del amor. O la atención absorbente a quien sabemos nos ama para poder nosotros amar como somos amados. Para que se encuentren las condiciones y se realice de este modo la verdadera amistad. La dirección que imprime a la vida espiritual la ha marcado con las frases más cortantes y las consignas más firmes: “Los ojos en vuestro Esposo” [133]. “Solas con él solo” [134].

Es el paso al que sirve lo que hemos dado en llamar ascética: esa serie de esfuerzos que tienen por objeto recrear nuestro ser, dejar nuestra condición para conformarnos a la de Dios. Paso del egoísmo al amor. Del yo al Tú.

Porque acoger el don de Dios es salir de sí, vivir vuelto existencialmente al Otro. Y actuar el don recibido es dar salida a las exigencias que ese amor conlleva. Y esto no se puede hacer sino empeñándose a fondo en la recreación de la persona. Manteniéndonos en la línea que venimos hablando, y antes de proceder a ulteriores matizaciones y aclaraciones, diremos que recibir es darse: descubrir al otro que se nos da, y volvernos a él en acogida-donación porque lo preferimos a todo, porque lo juzgamos el amor de nuestra vida, la Persona que capitalizará y canalizará toda nuestra capacidad de amar, de vivir en relación. “Conversión” a la Persona. Darnos a ella como se nos da. “Darnos a su Majestad con la determinación que él se da a nosotros” [135].

Ya oímos a Teresa decirnos, en confesión autobiográfica, que Dios “no dejó nada por hacer” por ella. Pero continúa señalando la finalidad que perseguía Dios con la donación de sí: “para que fuera toda suya”. Por eso se queja de “no haber estado entera en los buenos deseos” [136]. Ahora traduce a norma general de comportamiento su experiencia: hay que darse del todo o “disponerse” para gozar el gran bien de la amistad divina.

Revela el hilo conductor de su exposición doctrinal en Camino: “Porque todo lo que os he avisado en este libro va dirigido a este punto de darnos del todo al Criador y poner nuestra voluntad en la suya y desasirnos de las criaturas” [137]. Capítulos atrás había dicho ya: “Todo el punto está en que se le demos por suyo [el corazón] con toda determinación… Y como él no ha de forzar nuestra voluntad, toma lo que le damos, mas no se da a Sí del todo, hasta que nos damos del todo” [138]. Es ésta también la primera palabra que dice al orante para que inicie con buen pie el camino de la oración-amistad. Pregunta a Dios: “¿Por qué no quisisteis que en determinándose un alma a amaros…, luego gozase de subir a tener este amor perfecto?”. Y se responde inmediatamente corrigiéndose: “Mal he dicho; había de decir y quejarme por qué no queremos nosotros… que no acabamos de disponernos” [139]. Concluye la introducción: “Así que, porque no se acaba de dar junto, no se nos da por junto este tesoro” [140].

En los umbrales de la vida mística vuelve a pronunciar la misma palabra: “Con que dé cada uno lo que tuviere se contenta… Mas mirad… que… no quiere que os quedéis con nada, poco o mucho, todo lo quiere para sí, y conforme a lo que entendiereis de vos que habéis dado, se os harán mayores o menores mercedes” [141].

La última palabra nos dice que la “medida” de la donación de Dios es nuestra donación a él. En las 2M había dicho categóricamente: “quien más perfectamente tuviere esto [su voluntad unida a la de Dios] más recibirá del Señor y más adelante está en este camino” [142].

Esto no ofrece dificultad alguna: el don de Dios acogido actúa salvación inevitablemente. En el hombre que se dispone, se convierte a Dios y se da a él, se realiza la plenitud de la amistad divina. Con solemnidad y categóricamente asegura Teresa: “que es muy cierto que, en vaciando nosotros todo lo que es criatura y desasiéndonos de ella por amor de Dios, el mismo Señor la ha de henchir de Sí” [143]. Y aduce una prueba bíblica: Jesús oró por todos a fin de que fuésemos uno con el Padre y con él. Y comenta: “y no dejaremos de entrar aquí todos, porque así lo dijo su Majestad: ‘no ruego sólo por ellos’”.

“¡Oh, válgame Dios, qué palabras más verdaderas…! Y ¡cómo las entenderíamos todas, si no fuese por nuestra culpa, pues las palabras de nuestro Rey y Señor no pueden faltar” [144]. En las 3M dijo: “Cierto, estado para desear y que al parecer no hay por qué  se les niegue la entrada hasta la postrera morada, ni se la negará el Señor, si ellos quieren…” [145].

Dar la propia persona u optar por una Persona. Es el núcleo más íntimo y más sustantivo de la ascética teresiana. Tenemos un eco extraordinariamente precioso de lo que era su pedagogía oral. Al término de su vida escribe con exaltada energía a la superiora de una comunidad: “libres quiere Dios a sus esposas, asidas a solo él… Mire que cría almas para esposas del Crucificado, que las crucifique en que no tengan voluntad, ni anden con niñerías” [146]. En el mismo sentido se había pronunciado ya en Camino: “Abrazándonos con solo el Criador, y no se nos dando nada de todo lo criado” [147]. O señalando magistralmente el contenido y la raíz del auténtico desasimiento de las personas: no está, dice, la solución en poner tierra por medio sino en que determinadamente se abrace el alma con el buen Jesús, Señor nuestro, que como allí lo halla todo, lo olvida todo” [148].

Como confesión de esta opinión radical y de esta polarización absorbente en la Persona, hay que presentar la pedagogía teresiana de la más grande relativización del valor de las penitencias, de las leyes y cosas que, en la mayoría de los casos, arropa y encubre una distracción existencial y, por tanto, un debilitamiento de espíritu. Y, antes, desde luego, una desviación que, por necesidad, tiene que ser mortal.

Esta polarización en la Persona desde la persona no es atención meramente psicológica, recuerdo de Aquel que es centro, raíz y término de nuestra vida. Polarización aquí quiere decir concentración de todas las fuerzas vitales del yo en Dios. O lo que es lo mismo inmersión cordial en la condición de Dios que pasa a ser la propia.

Y esto exige una labor ascética de larga y profunda envergadura: recrear el propio ser. Ascética de la persona, reconstrucción desde los cimientos que sostienen al hombre nacido en pecado y crecido en la tierra del egoísmo [149].

Es a lo que ha consagrado Teresa las mejores energías de educadora. Para ser amigos de Dios, “siervos del amor” hay que empeñarse en la recreación del ser. “Tres cosas importantes para la vida espiritual” [150]. En el interior del capítulo se expresará con absoluta claridad: “algunas cosas que son necesarias, que, sin ser muy contemplativas, podrán estar muy adelante en el servicio del Señor; y es imposible, si no las tienen, ser muy contemplativas, y cuando pensaren lo son, están muy engañadas” [151]. Huelga cualquier comentario. El fracaso o el éxito en el camino de la oración-amistad, de la vida espiritual, depende de la actitud que se adopte, de la dirección ascética que se asuma. Concretamente, sin persona no hay orante, no hay “amigo de Dios”. Y no hay persona si no se profundiza en las líneas que Teresa abre con esas “cosas necesarias”. Son las que hacen posible, real y, por ende, constructiva la relación y abertura al Otro y a los otros.

Notemos que estas cosas necesarias con las que se empeña el hombre son la cristalización de la respuesta existencia de quien se siente interpelado por Dios. Es decir, cosas necesarias, dirección que arranca de una interpelación de Dios y que cuaja en respuesta adecuada del hombre: darse a Dios es un cambio de ser. Pasar de una “condición” a otra. Paso que podría sintetizarse en una sola frase: afirmación del Otro como el Tú con quien nos relacionamos, que nos libera y que nos protagoniza. Hombre nuevo, cuando sale de sí, rompe el cerco de egoísmo, de la esclavitud a “posesiones” y la soberbia para abrirse al amor, a la libertad y a la humildad o disponibilidad al Amigo.

No es cuestión de detenerse ahora en la exploración de este filón ascético de Teresa. Ya lo he hecho en otra ocasión [152]. Es suficiente dejar constancia del planteamiento. Y, si acaso, precisar que con este enfoque se sitúa Teresa en las antípodas de las “almas concertadas”, que bien pueden presentarse como exponentes de la concepción ascética dominante en el ambiente espiritual del tiempo de la santa. La insistente llamada de Teresa a la necesidad de ser probados para conocer la verdad, está ya diciéndonos elocuentemente que algo grave está fallando en el proceder espiritual, ascético de estas personas. “Pruébanos tú, Señor, que sabes las verdades, para que nos conozcamos” [153]. Pues bien, después de la crítica que hace de estas personas, propone su alternativa ascética: humildad, obediencia y caridad, como vías de cambio interior, profundo en la relación a Dios y a los hombres. Es el ser, el espíritu el que hay que cambiar. Así lo exige la amistad, la relación personal a Dios: “hanse de encontrar las condiciones”.


3. Cristo, “dechado nuestro”.

La experiencia teresiana, convertida después en mensaje doctrinal, de Dios que se da y actúa gracia, que tan verdaderamente se comunica con nosotros, y del hombre que, partiendo de esa revelación de Dios comprende que viene urgido a darse personalmente, a abrirse en respuesta comprometida a Dios, alcanza su cénit y su fundamento último en Jesús de Nazaret, Cristo Hombre, donación de Dios –Dios con nosotros- y respuesta nuestra a Dios.

En Cristo encuentra Teresa la oferta de Dios y la vivencia de la misma. Así, Jesucristo es la iluminación definitiva y la justificación plena de la experiencia y de la palabra de la Madre Teresa. La hondura y el calor de una Persona ocupa el puesto de la palabra abstracta y fría que, por lo demás, nunca se da en Teresa de Jesús.

Contempla la Mística Doctora a Cristo como el hombre “cabal”, el que vive totalmente “sometido” al Padre, “esclavo” servicialmente de los hombres. En quien se realiza y cristaliza la voluntad del Padre. Y, por lo tanto, que es “palabra” para nosotros. Existencia sin fisuras, centrada en el Padre y centrada en los hombres. El hombre del amor.

Definición existencial de Cristo: “el que nunca tornó de Sí” [154]. El que decididamente ha jugado la carta del amor; o ha optado por realizar la voluntad de su Padre, que es optar por “hacer por nosotros”. Así se expresa Teresa: “como sabe [Cristo] la cumple [la voluntad del Padre] con amarnos como a Sí, así andaba a buscar cómo cumplir con mayor cumplimiento… este mandamiento” [155]. Inmediatamente se vuelve, en oración de “intercesión” por Cristo al Padre para suplicarle: “no miréis su amor, que a trueco de hacer cumplidamente vuestra voluntad y de hacer por nosotros, se dejará cada día hacer pedazos”. Un Jesús que “se honra” de ser esclavo nuestro [156].

Partiendo de esta visión de Cristo, sacramento de la donación de Dios Padre y de la respuesta del hombre, definirá al cristiano, al “hombre espiritual”, como “esclavo de todo el mundo”, “como lo fue él”. “¿Sabéis qué es ser espirituales de veras? Hacerse esclavos de Dios… quien los pueda vender por esclavos de todo el mundo, como él lo fue” [157]. No pertenecerse en lo más mínimo. Supremo desarraigo o “salida” de sí. Es el Crucificado: el que vive para los otros. “Crucificado” a los reclamos de su naturaleza. En él sólo el amor tiene cabida.

Por eso evocará siempre su Persona cuando se trate de fundamentar la actitud de radicalidad y de “muerte” que comporta y exige vivir la “voluntad de Dios”: disponibilidad al Amigo. ¿Qué decimos o qué significamos cuando afirmamos que la voluntad de Dios se realice en nosotros? También aquí la posible abstracción, la palabrería vana cede el puesto a la Persona: “Preguntadlo a su Hijo glorioso, que se lo dijo cuando la oración del huerto. Como fue dicho con determinación y de toda voluntad, mirad si la cumplió en él” [158]. Y al aprender a sus discípulos a vivir amorosamente sometidos a todos, Teresa volverá a evocar la Persona de Jesucristo, como instancia última, argumento inapelable: “Mirad lo que costó a nuestro Esposo el amor que nos tuvo, que por librarnos de la muerte la murió tan penosa como muerte de cruz” [159].

La consigna, tan prodigada por Teresa, de poner los ojos en Cristo, o en el Crucificado [160] tiene esta explicación: sólo su Persona puede sostener y poner en pie la nuestra. El es y él nos ha enseñado el camino de la comunión con el Padre, y con él –don del Padre, “prenda de su amor” [161]- estamos radicalmente capacitados para llegar a la plenitud de la unión. No necesitamos más: “No ha menester el Señor hacernos grandes regalos para esto, basta lo que nos ha dado en darnos a su Hijo que nos enseñase el camino” [162]. El es nuestro acompañador, que, además de sostenernos y animarnos en el camino de la fidelidad, dinamiza y acelera generosidades. “Con tan buen amigo presente, con tan buen capitán que se puso en lo primero en el padecer, todo se puede sufrir. Es ayuda y da esfuerzo; nunca falta; es amigo verdadero” [163]. Cristo es la realización más perfecta, inalcanzable, pero siempre “dechado nuestro”, de un hombre para quien Dios es la única razón de ser. El nos precede e ilumina nuestros pasos. “Todo lo hizo cumplido” [164]. Nuestra vida es “seguimiento” y es “imitación” de Jesucristo. Hasta cristificarnos, hasta que él sea de verdad nuestra vida [165]. Indicó Teresa, no sólo cómo todos los bienes nos vienen a través de Cristo [166], sino también cómo todas las gracias que Dios nos concede tienden a la Gracia, y todos los dones al Don, que es Jesucristo. Para que podamos realmente ser como Cristo, Dios nos concede cuanto nos concede: “para poderle imitar en el mucho padecer” [167].


R.P. Maximiliano Herráiz ocd


Artículo publicado por la Pontificia
Facultà teologica Teresianum




Notas:

[1] 1M 2,9. Citamos según la ed. de las Obras completas preparada por los PP. Efrén de la Madre de Dios y Otger Steggink, BAC, Madrid, 1967 y con las siglas convencionales: V = Vida; C = Camino; M = Moradas; CC = Cuentas de conciencia; E = Exclamaciones; F = Fundaciones; Cta. = Cartas; MC = Meditaciones sobre los Cantares.

[2] “Que la humildad siempre labra como la abeja en la colmena la miel..; mas consideremos que la abeja no deja de salir a volar para traer flores. Así el alma… créame y vuele algunas veces a considerar la grandeza y majestad de su Dios” (1M 2,8b)

[3] V 40,8

[4] Bastaría citar el caso de A. Stolz en su libro Teología de la mística, Patmos, Madrid, 1952, con una visión tan miope de la mística teresiana, y en general de toda la mística española del siglo XVI. En la misma línea se ha expresado siempre el conocido teólogo Urs Von Balthasar. Corresponde a M. A. García Ordas con su obra La Persona divina en la espiritualidad de Santa Teresa, Ed. del Teresianum, Roma, 1967, el mérito de haber abierto a la comprensión de la experiencia mística teresiana en la línea del personalismo. Comunicación de personas.

[5] Es la línea que he querido abrir en mi estudio Sólo Dios basta, EDE, Madrid, 1980. También cabe señalar, aunque lo haga más diluidamente, el estupendo estudio de S. Castro, Cristología teresiana, EDE, Madrid, 1978.

[6] V 1,8.

[7] CC 14,3. “Qué temprano andabais Vos, Señor, granjeando y llamando para que toda me emplease en Vos” (E 4).

[8] Cta. a D. Pedro de Castro y Nero, 19.11.81; 391, 2.

[9] Teresa, como recordábamos más arriba, tituló el Libro de la Vida “De las misericordias de Dios”, aun cuando sólo 10 de los 40 capítulos que lo forman hablan de los años de la ruindad y pecado de su autora. Sabe Teresa que todo amor de Dios al hombre es misericordia, aunque éste haya escalado la cima de la amistad con Dios.

[10] V 5,12.

[11] V 19,6.

[12] V 38,16.

[13] V 4,3.

[14] V 14,11. Continúa la santa escribiendo que Dios ha tenido “por bien hacerlas tan grandísimas conmigo que espantan los que las ven”. Y en el número siguiente asociará al P. García de Toledo al canto de las misericordias de Dios: “entrambos, me parece, podemos cantar una cosa, aunque en diferente manera; porque es mucho más lo que yo debo a Dios, porque me ha perdonado más”. En una Cuenta de conciencia, escrita probablemente en 1563, se define “piélago de pecados y maldades” antes de la vida mística. Y concluye: “y para lo que yo querría se supiesen, es para que se entienda el gran poder de Dios” (3,12).

[15] V 8,4

[16] V ib., 1; cf. 10.

[17] V 2,6.

[18] ib., 9.

[19] ib., 4,3. “Andaba más ganoso el Señor de disponerme para el estado que me estaba mejor” (V 3,3).

[20] V 7,3. “¡Oh grandeza de Dios, y con cuanto cuidado y piedad me estábais avisando de todas maneras…!” (V 7,8).

[21] V 4,10.

[22] V 4,10. “¿Qué amigo hallaremos tan sufrido”? (MC 2,21).

[23] V 38,7. En plena evocación de su conversación nos dirá que “de su misericordia jamás desconfié” (V 9,7).

[24] V 8,8.

[25] V 19,4

[26] “Mas bien sabe su Majestad que sólo puedo presumir de su misericordia” (3M 1,3b).

[27] V 4,7.

[28] V9,9. En comparación con los demás se atreve a escribir que “no parece sino que los otros procurar con gran trabajo adquirir, granjeaba el Señor conmigo que yo lo quisiese recibir” (ib., 9).

[29] 19,7.

[30] V 23,2

[31] V 31, 17.

[32] V 24,2

[33] 14,7

[34] 1 M 2,7

[35] Así reza el título: “Este tratado, llamado Castillo interior…”

[36] 1 M 1,3

[37] 7M4,23

[38] Cta. al P. Gaspar de Salazar, 7,12,77; 209,10.

[39] 5M 1,5

[40] 5M 4,11

[41] 7M 1,1

[42] V 27,11

[43] ib.

[44] V 8,8

[45] V 21, 14.

[46] V epíl., 4.

[47] V 16,6.

[48] V 12,4. Cuando entra en la cuestión disputada del recurso a los “letrados” por el hombre “espiritual”, expresa su convencimiento de que Dios dará a entender al “letrado” lo que tiene que aconsejar “y aun le hará espiritual para que nos aproveche. Y esto no lo digo sin haberlo probado, y acaecídome a mí con más de dos” (V 13,19).

[49] V 33,6

[50] V 11,8. “Vuestra merced lo entenderá, si atino en algo, pues el Señor le ha ya dado experiencia de ello, aunque como no es de mucho tiempo…” (V 20,21)

[51] V 34,11

[52] V 39, 10-11

[53] F 4,5

[54] ib., 8.

[55] 1M 1,4.

[56] 5M 1,8

[57] V 27,11; C 16,8.

[58] V 19,17; C 32,12.

[59] E 5.

[60] 5M 4,6.

[61] F 4,6.

[62] ib., 5.

[63] F 2,7.

[64] MC 6,1.

[65] 6M 4,12.

[66] “Para estas mercedes tan grandes que me ha hecho a mí, es la puerta la oración” (V 8,9).

[67] 7M 3,9.

[68] V 9,9. Continúa más abajo: “Harto me parece hacía su piedad, y con verdad hacía mucha misericordia conmigo en consentirme delante de sí y traerme a su presencia, que veía yo, si tanto él no lo procurara, no viniera”.

[69] MC 6,1. “¡Qué bajos quedaríamos si conforme a nuestro pedir fuese vuestro dar!” (ib. 5,9).

[70] MC 6,13; cf. V 39,9; 37,2; epíl., 4.

[71] 1M 1,4.

[72] ib.

[73] 5M 1,8.

[74] MC 6,3.

[75] MC 5,8

[76] 5M 3,4. El “atajo” de la contemplación infusa.

[77] 3M 2,11c.

[78] C 35,1

[79] C 21,6.

[80] 1M 1,3.

[81] 1,8.

[82] V 4,11.

[83] Cf. V 39,25 y 27,9.

[84] 7M 1,7.

[85] CC 14,1

[86] CC 60,3

[87] CC 22,3.

[88] CC 60.4

[89] CC 54,21.

[90] 7M 1,10. Cf. G. Ordas, La Persona divina…, o.c., págs.. 99-107.

[91] CC 21,1

[92] 7M 4,11: “estando hecha una cosa con el fuerte, por la unión tan soberana de espíritu a espíritu, se le ha de pegar fortaleza”.

[93] V 10, 4-6.

[94] V 22,14.

[95] 5M 4,11

[96] “Si de suyo [el alma] es amorosa y agradecida, más la hace tornar a Dios la memoria de la merced que le hizo, que todos los castigos del infierno que la representen; al menos la mía, aunque tan ruin, esto me acaecía”. (V 15,14).

[97] 6M 9,18.

[98] V 10,5

[99] 1M 1,4

[100] C 40,6

[101] “Y así ruego yo, por amor del Señor, a las almas a quien su Majestad ha hecho tan gran merced de que lleguen a este estado, que se conozcan y tengan en mucho, con una humilde y santa presunción para no tornar a las ollas de Egipto” (V 15,2p).

[102] C 32,2.

[103] ib., 10.

[104] 7M 4,4.

[105] C 38,6

[106] C 16,6

[107] V 38, 12

[108] V 8,5.

[109] 5M 3,7.

[110] 3M 1,8

[111] “Unida con su amor propio me parece a mí que estará” (F 5,13)

[112] V 11,1

[113] 7M 4,9

[114] 2M 1,7

[115] V 11,13

[116] V 11,13

[117] V 15,11

[118] V 11,11b.

[119] C18,6. Por mucho que haya servido “crea que no ha obligado a nuestro Señor para que le haya semejantes mercedes” (3M 1,8).

[120] V 39, 15.

[121] 4M 3,8. Estas son “las señales del verdadero amor”: “la mayor determinación de desear contentar en todo a Dios y procurar en cuanto pudiéremos no le ofender y rogarle que vaya siempre adelante la honra y gloria de su Hijo y el aumento de la Iglesia católica” (4M1,7).

[122] 4M 2,10

[123] Cta. a Leonor de la Misericordia, med./82; 422,7.

[124] 9,22.

[125] 7M 3,1.

[126] ib., 6.

[127] V 11,1.

[128] “¡Donosa manera de buscar amor de Dios! Y luego le queremos a manos llenas” (V 11,3)

[129] 7M 3,3-4

[130] CC 66,10

[131] C 26,6

[132] 2M 1,7

[133] C 2,1

[134] V 36,30

[135] C 16,5

[136] V 1,7-8

[137] C 32,9

[138] 28,12.

[139] V 11,1

[140] ib., 4.

[141] 5M 1,4.

[142] 2M 1,8

[143] 7M 2,9.

[144] 7M 2,10

[145] 1,5.

[146] Cta. a la M. Ana de Jesús, 30.5.82; 424, 11.13.

[147] 8,1

[148] C 9,5

[149] Cf. mi trabajo Sólo Dios basta, o.c., 107-194.

[150] C4, tít.

[151] ib., 3.

[152] cf. Sólo Dios basta, o.c., págs.. 195-400.

[153] 3M 1,9

[154] C 35,3.

[155] C 33,3

[156] ib., 4.

[157] 7M 4,9.

[158] C 32,6

[159] 5M 3,12

[160]  1M 2,11; 7M 4,9

[161]  “Siempre que se piense de Cristo nos acordemos del amor con que nos hizo tantas mercedes y cuán grande nos lo mostró Dios en darnos tal prenda del que nos tiene” (V 22,14)

[162] 5M 3,7.

[163] V 22,6

[164] C 3,8

[165] cf. 7M 2,6; 3,1.

[166] Textos claves, los dos capítulos paralelos, V 22 y 6M 7.


[167] 7M 4,4.